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Mujeres que sobrevivieron a la guerra
El Gobierno ha empezado a hacer presencia en las veredas más apartadas en Anorí y las que más han vivido el conflicto armado.
Agencia Prensa Rural, Bibiana Ramírez / Viernes 22 de febrero de 2019
 

Las campesinas colombianas son quienes más han sufrido la desigualdad de género. Aún se cree que ellas son las únicas que deben estar a cargo de la casa y la crianza de sus hijos, sin la posibilidad de asomarse al mundo para ver qué es lo que contiene y ellas cómo pueden aportar. En la vereda San Isidro, de Anorí, en el Nordeste antioqueño, hay un grupo de ellas que han decidido juntarse para girar esa página y poder participar más en las decisiones de su comunidad.

Anorí es un municipio que ha estado marcado por la guerra. El ELN fue el primer grupo armado en llegar, en la década de los setenta, y aunque el Ejército les dio un duro golpe con la Operación Anorí en 1973, donde murieron decenas de guerrilleros, se reorganizaron allí diez años después, encontrándose con las FARC e imponiendo duros controles a la población. A finales de los noventa llegó el Frente Héroes de Anorí, paramilitares de las AUC que se mantuvieron en el pueblo después de su desmovilización en 2005.

De ahí inició esa guerra que los anoriseños no desearon. El interés era el dominio territorial para controlar la coca, que para esa época ya tenía las montañas cubiertas. La minería también se había ganado un puesto importante en la economía del municipio, además de los grandes proyectos hidroeléctricos que se estaban realizando. Las minas antipersona fueron una de las estrategias de los grupos armados para proteger esos cultivos del accionar del Ejército, siendo el cuarto municipio más afectado por accidentes en Antioquia después de Ituango, Tarazá y San Carlos. En los últimos treinta años de Anorí se desplazaron 14 mil personas y hubo 164 víctimas de minas antipersona, según el Registro Único de Víctimas.

Toda esta violencia afectó con dureza a las mujeres que tuvieron que encargarse de las familias porque sus padres y esposos fueron asesinados. Y los niños también sufrieron al quedar huérfanos y ser vulnerables al reclutamiento forzado, a la deserción escolar y a los traumas que esto generó.

Empoderamiento femenino

La vereda San Isidro es un pequeño caserío a tres horas de la cabecera municipal. Para llegar allí primero hay que pasar por una base militar, luego un retén de la Policía y después, nuevamente, aparece el Ejército en la vereda La Plancha, donde quedó el Espacio Territorial de Capacitación y Reincorporación (ETCR) de los excombatientes de FARC.

Cuentan las mujeres de esta vereda que eran constantes los bombardeos y las arremetidas del Ejército buscando guerrilleros y fumigando, intentando acabar con la coca. Ellas corrían con sus hijos a salvar las vidas mientras sus esposos estaban raspando. Llegaba la incertidumbre porque no sabían si ellos regresarían nuevamente a sus casas. Muchos no lo hicieron.

La vereda tiene 250 habitantes. El Estado nunca tuvo presencia allí. La carretera la abrieron entre todos y la escuela fue construida en comunidad. Hace cuatro años llegó la electricidad y aunque haya varias hidroeléctricas y microcentrales, aún faltan 15 veredas por electrificar.

Allí todos vivían de la coca. Pasaban al otro lado del río, donde estaban los cultivos, para trabajar en ellos. Eran pocas las mujeres que podían estar fuera de sus casas. “Yo siempre trabajé con los hombres y hasta me les adelantaba raspando coca. Muchos de ellos sentían rabia de ver a una mujer ganarles en el corte. A mis hijos los crié raspando coca, no quise pegarme a una cocina a pesar de que muchas mujeres me criticaban”, cuenta María Nubia Muñoz en medio de sonrisas por su hazaña liberadora.

En el 2017 todas las familias se acogieron al Plan Nacional Integral de Sustitución (PNIS), pero ahora andan sentados en la casa porque no tienen trabajo ni tierra para dedicarse a la agricultura. Los campesinos iban a buscar un jornal a otras tierras, pero ahora no hay esa posibilidad. Con el PNIS habían acordado arrancar los palos de coca y les llegaría un pago, cada dos meses, pero desde septiembre del año pasado no ha llegado este recurso.

“Se demoraron cinco meses para llegar los dos millones de pesos del PNIS. Se ve una incertidumbre muy grande, la gente preocupada y sin comida. Uno se pregunta qué es lo que quiere el Gobierno con el programa PNIS, con los PDET (Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial), porque se oye decir a diario que en el plan de desarrollo nacional no hay plata para la implementación”, cuenta Fernando Zapata, presidente de la junta de acción comunal de San Isidro. Hasta ahora no ha llegado ningún proyecto productivo a la vereda.

Es la razón principal para que las mujeres hayan decidido crear un proyecto de panadería, que aunque lleva dos años, y ha tenido poca aceptación de sus esposos, aún se mantiene y surte a la vereda de pan fresco. “Lo que más nos compran son los pandequesos y los panes, pero también hacemos parva dulce. Lo que nos falta es tener un espacio adecuado para que la producción sea mayor y poder sacarlos a otras veredas, incluso al municipio”, cuenta Elida Quiroz. El grupo está conformado por 22 mujeres y aunque empezaron cincuenta, se han ido saliendo porque creen que no avanzan.

También quieren un taller de confecciones y, aunque tienen un terreno que les donaron para hacer sede, aún no pueden construir nada porque no tienen escrituras de ese terreno, igual que nadie las tiene de sus casas. La vereda ya cuenta con la caseta comunal que fue entregada en diciembre del año pasado con las pequeñas infraestructuras comunitarias, fruto del acuerdo de paz.

Proyectos de fortalecimiento

Con la cercanía al ETCR han logrado acceder a capacitaciones, a escuelas de formación y liderazgo, pero en muchas ocasiones se les dificulta participar por el costo del transporte, porque no tienen quién cuide a los niños o por el poco apoyo de sus compañeros que no ven con buenos ojos que estén fuera de sus casas.

En la vereda Montefrío otras mujeres crearon, en el 2012, la casa de la mujer, donde se capacitan, tienen un espacio para la memoria, le apuestan a la alimentación saludable, hacen productos para el consumo como vinos, mermeladas, tortas con frutas y verduras que ellas mismas cultivan. Han arreglado la cancha e hicieron la capilla.

En el 2018 Anorí fue priorizado por el Ministerio del Interior y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, junto a otros 16 municipios del país, con la creación de escuelas de formación política enfocadas a fortalecer, empoderar y hacer visibles los nuevos liderazgos femeninos. Además el ETCR tendrá un proyecto de piscicultura para las 41 mujeres que están allí y que podrán expandir al resto de mujeres de las veredas cercanas.

Después de la firma del acuerdo de paz han llegado muchas iniciativas de proyectos para fortalecer a las mujeres, sin embargo aún no han empezado a ejecutarse y se ve un panorama incierto. Ellas también son conscientes de que falta más organización entre ellas, romper con los esquemas que les ha impuesto la sociedad y poder dedicarse a otras labores distintas a las del hogar, sin abandonarlo. Incluso creen que es necesaria más armonía entre ellas para no seguirse comportando como enemigas.