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Opinión
La parranda vallenata
Gabriel Ángel / Domingo 5 de mayo de 2019
 

En la tierra del cacique Upar se metió el crudo invierno en estos días. Los aguaceros, las tardes grises y el bochorno que precede las lluvias, tan característicos de los fines de abril, configuran el clima menos recomendable para cualquier tipo de fiesta. Sin embargo, es en esas condiciones que se celebra el Festival de la Leyenda Vallenata. Así lo determinaron sus fundadores y ninguna argumentación lógica ha permitido cambiar su fecha por otra con mejor tiempo.

De algún modo esa extraña lógica parece haberse generalizado en Colombia. El 25 de abril, día del paro nacional contra el Plan de Desarrollo, cuando al menos en cien ciudades del país marcharon decenas de miles de compatriotas inconformes con las políticas del actual gobierno, el presidente Iván Duque se fue para Valledupar, a participar en la inauguración del Festival Vallenato. Primero entregó unos instrumentos musicales y luego puso la primera piedra para un parque.

Como quien dice, los clamores de millones de colombianos por la paz, la justicia social y la democracia le importan menos que una guacharaca. Así estamos. Ese mismo día, el país conoció la noticia del fallo del Consejo de Estado que anuló su curul como congresista a Ángela Robledo. Una curul obtenida como consecuencia del Estatuto de la Oposición, una de las pocas conquistas democráticas que ha logrado materializarse de los Acuerdos de La Habana.

Es la lógica absurda de la democracia y las instituciones colombianas, que extrañamente opera para la representante a la Cámara de las fuerzas de la oposición, pero sin embargo no aplica para la Vicepresidenta de la República, que perteneciendo a un partido político, se presenta a la elección presidencial por otro distinto. La misma lógica que no vacila en negar la personería jurídica a la Colombia Humana, despreciando sin pudor sus más de ocho millones de votos.

País extraño el nuestro, en el que el presidente Duque y su comisionado Ceballos repiten una y otra vez que respetarán e implementarán los Acuerdos de Paz, mientras simultáneamente su jefe político y máximo inspirador, declara sin el menor temor en una sesión del Senado de la República, que prefiere a un guerrillero en el monte echando bala, antes que verlo ejercer un papel político en el parlamento colombiano. Se lo dice a Gustavo Petro, que dejó las armas hace treinta años.

¿Qué queda entonces para las recién reincorporadas FARC? Las fotografías del cadáver destrozado de Dimar Torres, el ex guerrillero recientemente asesinado por la tropa en Convención, Norte de Santander, parecen un tenebroso anuncio. Para los voceros oficiales, el paro del 25 carecía por completo de razones. Mucho más rico es una parranda en Valledupar.

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