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Al amigo, camarada Nelson Fajardo
Sergio De Zubiría Samper / Domingo 30 de junio de 2019
 

Conocí por los años ochenta del siglo XX a Nelson Fajardo, cuando regresaba de realizar sus estudios en la República Democrática Alemana, ya hace cerca de cuarenta años. Iniciaba nuestra actividad docente universitaria y desde los primeros días me impresionó su disciplina y capacidad de trabajo, que algunos le adjudicábamos a esa formación alemana que nutrió a varios colegas formados en los denominados países del “Este”, pero que él, siempre con una sonrisa socarrona le atribuía a su padre, uno de los pioneros de la radio en Colombia. Con orgullo defendía sus dos apellidos, “Fajardo” y “Marulanda”, los cuales evocaban según su propia narración, la disciplina de vida y el compromiso con la transformación del mundo. Dos rasgos de su carácter que admiraremos siempre.

Compartimos durante estos largos años momentos inolvidables, otros estacionarios y muchos complejos. Nunca olvidaré su pasión por la vida que se expresaba en su forma más sublime y cultural, la danza. Un economista bailarín muy bien dotado que seducía las tragedias de la vida al ritmo de la salsa y el bolero; y al mismo tiempo, a muchas mujeres. Entre nosotros era famosa su danza porque en algunos instantes entraba inspirado en contacto con las divinidades de Changó y Yemayá. Se convertía en el orisha de la justicia, de los rayos y del trueno, al lado de la reina del amor. Nélson estaba constituido de esos elementos: fuego y amor.

Siempre caminamos juntos en esos dos descubrimientos que, en términos del viejo Kant, son los más difíciles que ha inventado el ser humano: la educación y la política. Su respiración y su conversación siempre transpiraba la pasión por la Politeia y la Bildung. No podía comprender el mundo y la sociedad ausentes de la escena de lo común, lo colectivo, lo público y para ello había que esmerarse cada día en la autoeducación y la formación ideológica. Su legado en este paso por la vida siempre tendrá que ver con los múltiples esfuerzos por afianzar una verdadera educación política y económica en la izquierda colombiana. Su persistencia en los proyectos formativos, en medio de la sordera de muchos, aún resonará durante décadas, y tal vez, siglos.

El profesor Nélson era un ser humano que se expandía más allá del orden exclusivamente familiar, tal vez, porque no creía en el orden de la familia burguesa, o porque su “ser genérico”, en términos de Marx, era la especie como totalidad, que en su caso se concretaba en sus estudiantes y en todo luchador revolucionario ávido de formación ideológica. Cuando se trataba de escuelas o tareas de educación siempre se candidatizaba, parafraseando otra vez al filósofo de Tréveris, “nada de lo que aluda a formación, me puede ser ajeno”.

Aprendió a vivir con esmerado estoicismo la enfermedad y los diálogos interiores con la muerte. Aún en los momentos más difíciles continúo convocando y organizando proyectos futuros como si tuviera un pacto con la eternidad. Hoy ante la despedida recuerdo nuestras últimas conversaciones siempre colmadas de futuro. Su amor flamígero por la vida ante la presencia de la muerte se transmutaba en iniciativas políticas, ediciones, escuelas y continuidad pedagógica en aquella especie que aún está decidida a cambiar el mundo.

Adiós al amigo, al camarada, al profesor Nélson Fajardo Marulanda, siempre rememorando y proyectando su legado.