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Sucre
La última partera del sur de San Benito Abad, manos recibiendo vida entre zapales y miseria
Jairo Castro Acosta / Martes 16 de julio de 2019
 

“Nosotras no somos parteras de libro. Es hablando, es mirando, tocando, analizando, observando cómo lo hace la partera, la viejita que ya no escribe, esa partera que no lee, pero esa partera con su conocimiento, con sus manos, sabe cuándo es niña o niño, si está en buena o en mala posición; y esa partera sabe cómo hay que voltearlo para evitar una cesárea innecesaria”. Rosmilda Quiñones representante de Asoparupa, reportaje de Radio Nacional de Colombia.

Gruesas gotas de un fuerte aguacero azotaban mi cara sin piedad, en mi puesto de parrillero con la ropa empapada y confiando en la habilidad del mototaxista nos dirigimos a la vereda Caño Viejo, jurisdicción del cabildo indígena Caño Viejo-Cuiva, en el sur del municipio de San Benito Abad, Sucre.

El amanecer nos hacía la despedida en San Marcos, pasamos por el río San Jorge en la vía a Majagual y antes de llegar al puente “el chupo” nos desviamos para tomar la única trocha que nos llevaría a nuestro destino.

El canto de los carraos manifestaba la alegría por la lluvia, que empapaba la estropeada espesura de los zapales, fundidos a lado y lado de la vía para darle paso al imponente Caño Viloria. A medida que avanzábamos por el estrecho camino, la moto empezaba a sentir los rigores del barro cenagoso, las garzas a nuestro paso emprendían el vuelo, atemorizadas por el rugido de la motocicleta.

Las garzas en los zapales Raboneros.

“Compa, este terraplén lo han medido más de cien veces y nunca lo han arreglado, los políticos solo vienen en tiempos de elecciones”, me contaba el conductor con tono de rabia e impotencia. Con mis nervios de punta y los músculos tensionados evitaba hacer tercio a los comentarios del indignado mototaxista para no entorpecer sus maniobras en el barro de este camino olvidado.

Un lote de búfalos despavoridos por el grito de un hombre a caballo nos cierra el paso, es el trabajador de una finca vecina que sin compasión aventura estos bóvidos por los barriales de la trocha, nuestras miradas desmoralizadas se perdían en el barrizal que dificultaba aún más nuestro recorrido; pero las ganas desafiantes de llegar a la casa de María Anastasia Montes, una veterana partera de la zona de Rabón, en el sur de San Benito Abad, nos hizo retomar el viaje.

No habíamos andado más de diez metros cuando la llanta delantera, atascada de barro, frenó la motocicleta, perdimos el equilibrio y caímos en un lodazal. “Esta es nuestra realidad, aún vivimos en el siglo diecinueve”, reflexionó el mototaxista con la mirada al cielo y la espalda en el fango. El silencio del momento en el que limpiábamos el barro pegado en nuestra ropa con los matorrales de la orilla cesó cuando el conductor retomó la palabra: “Hasta aquí llego yo, la moto está recalentada, falta menos de un kilómetro para llegar a la vereda, usted me disculpará pero no puedo con el cansancio”.

Terraplén que comunica a Caño Viejo – Cuiva con la vía San Marcos – Majagual. Una cosa es contarlo, y otra andarlo.

Dando las gracias al señor por su buen servicio, emprendo mi travesía caminando. El sol empezaba a despuntar. Dos chavarríes en lo alto de un árbol de campano extendieron sus alas en señal de que la lluvia había cesado. La brisa fría hacía mover las ramas de los árboles, provocando un sonido que se armonizó con el canto juguetón de un grupo de niñas colegialas que salió de una manga. Venían entretenidas amasando el barro con los pies descalzos, algunas traían los zapatos en la mano, otras los traían colgados sobre los hombros, llevaban sus mochilas terciadas en la espalda. Al notar mi presencia dejaron de cantar y solo con murmullos hablaron entre sí: “Ese señor no es de por aquí”, “ese señor parece un loco”.

Aquel pequeño ejército de ángeles con sus melodías mitigaron la crueldad de la trocha arcaica por la que andaba, les saludé con suavidad para no asustarlos y al recibir también su saludo aproveché para preguntarles: «¿Qué camino debo tomar para llegar a la vereda Caño Viejo?».

- Nosotros somos de allá, esta manga va directo a Caño Viejo y este terraplén llega a Cuiva, el pueblo donde está nuestra escuela-, contestó la más grandecita.

- ¿Sabes la dirección de la casa de María Anastasia Montes, la partera?-, le pregunté.

- Mamá Nasto el otro día se fue en un cajón, ella vive en un rancho de bahareque que al frente tiene unas matas de plátano. Esa es la dirección-. Sin entender lo del cajón me aventuré a seguir sus escuetas indicaciones.

Niños de la vereda Caño Viejo rumbo a la Escuela.

Los cadáveres de gigantescos árboles que murieron de pie para seguir hurgando las nubes del cielo rabonero atraparon mi atención, un día dieron vida al mundo y hoy se niegan a desaparecer, como el saber ancestral de las parteras, un legado que permanece vivo porque si no fuera por ellas quién sabe cómo nacerían nuevas personas en este fangoso olvido.

Detrás de la fronda se hizo visible el caserío. Viejas casuchas de palma y bahareque, una gurupéndola revoleteaba entre los frutos de las fornidas matas de plátano, sembradas en un rincón de la única calle de la vereda. Gracias a la orientación que me dieron las niñas pude identificar la casa de la partera.

Una mujer delgada con una espesa cabellera india abre la puerta, tímidamente contesta a mi saludo, de inmediato le comento el objetivo de mi visita: “Vengo porque deseo conocer a la señora María Anastasia Montes y escuchar sus vivencias en el arte de partear”. Con la mirada clavada al piso y la voz quebrada, me informa: “Ella murió hace cuatro meses, yo soy la hija”. La pena e impotencia acompañaron mi discurso de pésame, por lo que yo sabía que es la irreparable pérdida de la veterana partera. Fue entonces cuando entendí la respuesta del cajón que me dio la niña en el camino. “Pero no se preocupe -alzo la vista la mujer, recuperando el orgullo de buena hija-, yo puedo contarle la historia de mi mamá Nasto”.

La leña seca arde en el viejo fogón artesanal, sobre sus barrotes descansa un decrépito caldero negro que esparce por toda la casa el aromático olor del café. Flor María, la hija de la partera, se sienta en un taburete recostado a uno de los horcones esquineros de la casucha. Toma a sorbos el café caliente. Con voz gutural silencia los golpes sincronizados de tres niñas que pilan arroz en un pilón astillado, suelta una tímida sonrisa y empieza a contarme las vivencias de María Anastasia Montes, la partera.

Casa de un pueblo Rabonero. Tomada de Wikiloc.

“Mi mamá nació un 12 de Octubre y murió a sus 92 años el 22 de Junio de este año. Ella fue un ejemplo para todo el pueblo”, empieza por precisar Flor María.

- ¿Por qué fue un ejemplo?-, le pregunté.

- Porque ella sin saber una letra atendió los partos de la mayoría de las mujeres de aquí. Es más -dijo con voz enérgica para resaltar lo que a continuación iba a decirme sobre su madre, pero antes de hacerlo volteó la totuma donde bebía café, se quedó observando el fondo vacío, como detallando las figuras que había dibujado el asiento de la bebida. No dijo nada sobre eso, sino que siguió su relato-: “Mi madre atendió partos en Cuiva, Palo Alto, El Chupo, Las Pozas, Las Delicias, Ciénaga Nueva, El Cauchal, en fin, en toda la zona de Rabón, hasta de algunos pueblos de La Mojana la venían a buscar”. Quedó pensativa y remató: “Por eso es que los pelaos de toda esta zona le decían ‘mamá abuela’, porque ella se sacrificó mucho por las mujeres preñadas y paridas de estos lugares”.

- ¿Y cómo se sacrificaba ella?-, seguí preguntando. “Como usted se puede dar cuenta -me dijo-, somos pura gente necesitada que no tenemos altas sumas de dinero para pagar un trabajo de partería, a mi mamá Nasto no le importaba eso, ella iba a cualquier hora a donde la mandaran a buscar, algunos le pagaban con plata, otros con pescados, otros con arroz y algunos con agradecimientos, ella solo era feliz con que el parto fuera exitoso». Interrumpió su relato con un repentino silencio, su mirada se concentró de nuevo en el fondo de la totuma, a los pocos segundos se dijo entre dientes: “Uno… cuatro… cinco, tres”. Repitió los números una vez más sin dejar de reparar en el interior del recipiente, de pronto gritó llena de felicidad: “¡Catorce cincuenta y tres!”.

- ¿Y ese qué número es?-, le pregunté con extrañeza.

- No… Disculpe… Es el número que voy a jugar esta tarde en la lotería, si viene el lotero.

Como si ya tuviera ganada la fortuna y aún así su pena fuera mayor, continuó el relato: “Le decía que a mi mamá nunca se le complicó un parto”.

- ¿Cómo hacía para que no se le complicaran los partos?-, elegí orientar la conversación hacia lo que yo estaba investigando, aunque lo de la lotería me intrigara.

- Ella siempre le pedía a Dios que Él tomará sus manos y fuera Él quien actuara. Bueno, yo recuerdo que siempre le decía a las mujeres embarazadas que tuvieran mucho cuidado de no resbalarse porque ponían en riesgo la vida de la criatura, de los cinco meses en adelante empezaba a sobarles la barriga para ver cómo estaba el niño, unos meses después les decía si era niña o niño, de acuerdo a la posición del bebé y la forma de la barriga: Si estaba recargado a la derecha, boca abajo, y la barriga puntuda, es varón; y si estaba recargada a la izquierda, de medio lado, y redonda, es hembra. Ya después que ella les decía el sexo los papás podían comprarle la ropita y los pañales. Para sacarles el frío a las embarazadas ella les hacía baños hervidos con las hojas de las matas de Santamaría, Muchacha mona y la Uña de gato, y así el parto era más rápido. Ella reconocía a la mujer que iba a parir porque la que está a punto cambia de semblante y la barriga se le pone bajita. En algunos casos les hacía bebidas de jengibre para aumentar los dolores y parir rápido, pero la clave para que todos sus partos fueran exitosos era que ella preparaba la casa para que la transición del útero al hogar fuera cordial y armoniosa, en pocas palabras era un parto humanizado.

En ese momento Flor María se levantó del taburete, tomó un carbón y apuntó detrás de la puerta el número que jugaría hoy en la lotería. Luego, metiendo su falda de flores negras entre las piernas, se acomodó nuevamente en el taburete, fijó entonces la mirada sobre mí, y me dijo: “Oiga, eso era impresionante, nunca se equivocó diciendo el sexo de la criatura, cuando decía que era niño o niña el papá podía ir a comprarle las cositas con seguridad, no es como ahora que los médicos a veces se equivocan y algunos hasta se atreven a decir que los aparatos de ahora saben más que las parteras. Es que estos tiempos han cambiado mucho, imagínese que las mujeres de antes pilaban arroz, molían maíz, hacían bollos, arreglaban los pescados y al otro día amanecía paría”.

- ¿Esa era ella?-, pregunté señalando una vieja fotografía que cuelga en la pared.

- Sí-, respondió secamente, y retomó su discurso: «…Pues sí, estos tiempos han cambiado mucho, las mujeres de ahora son como más delicadas, porque yo recuerdo el caso de una muchacha que alumbró en una paja de la finca Santa Elena».

- ¡¿en una paja?!–, exclamé. “Sí, señor, la muchacha la traían a lomo e’ caballo y no aguantó más, tuvieron que bajarla en medio de una paja y el marido vino a buscar a mi mamá en la bestia, recuerdo yo que cogió un costal de fique, una almohada, unas hojitas de paico y la talega donde tenía tijeras, hilos, merthiolate, alcohol y algodón, nos montamos en el anca e’ caballo y allá fuimos a tener. Eso fue enseguida, mi mamá Nasto colocó el costal en el suelo y allí la hizo hincar de rodillas, añangotada, me decía que le echara fresco mientras ella le daba ánimo y confianza, le pedía que pujara sin miedo, que ella estaba para ayudarla y que Dios estaba acompañándolas, y en menos de nada la cabeza del bebé se fue asomando hasta que mamá pudo cogerlo con cuidado y le fue ayudando a salir, luego cortó con las tijeras la tripa del ombligo, dejándole un pitongo de una pulgada más o menos”.

- Ser partera en esta zona no debe ser algo fácil-, comenté al escuchar su detallado relato. Flor María usó mi comentario para darme su propia definición del oficio: “Ser partera en esta zona significa salir de su casa sin importar la hora ni la lluvia, amasar barro con los pies, montar a caballo, bogar en una canoa por el Caño Viloria, aguantar mosquito y exponerse a tantos peligros, porque cuando avisan que una mujer está a punto de dar a luz en alguna vereda o corregimiento de Rabón, que en su mayoría no cuentan ni con puesto de salud, toca empacar la talega de los elementos y partir para cumplir con el arte”.

Y es que esta zona delimitada por el olvido y la soledad bien podría ser la otra orilla del Macondo de Gabriel García Márquez, un mundo natural de valles y zapales inundados que van de la región encantada al paraíso de miseria, donde gran parte de las estadísticas de mujeres gestantes no alimentan a las del municipio sino que mueren en la memoria de una partera, porque el único centro asistencial de salud no cuenta con los equipos necesarios para atender un parto con la tecnología y procedimientos de la medicina moderna, mucho menos con el vital servicio de Urgencias.

Servio Chávez Jiménez, un profesor nativo y conocedor de la región, fue el primero en contarme la historia de la partera. Él dice que estos pueblos del sur de San Benito Abad están anclados en la bruma del siglo diecinueve, aquí lo increíble cobra vida, como el titular del noticiero regional Notisabanas, un 11 de enero: “En Centro de Salud de El Cauchal mujer dio a luz con ayuda de aseadora y vecina, por falta de médicos”.

Flor María ahora con una escoba de varita echa de la cocina unos pollos hambrientos. Al terminar, le pregunto: «¿Doña Flor, cuántos partos aproximadamente atendió su mamá a lo largo de toda su vida?»

- Vea, de la familia, entre nietos y bisnietos, fueron noventa partos que atendió; y por fuera, yo le pongo como unos cuatrocientos. Y sabe usted que de esos partos, los más difíciles, según me contó ella una vez, fueron dos-. Flor María tomó un poco de aire y de memoria, para continuar: “El primero, una muchacha que se desmandó y a la hora del parto fue cobarde porque no pujó y la criatura ya estaba muerta porque la barriga la tenía aguada. Me decía mi madre que le dolió tanto darle esa noticia al marido de aquella mujer. Y el segundo, el de una hermana que la añangotó en un taburete y la criatura se vino de pie mientras mi hermana pujaba. La criatura sacó una sola pierna y me decía mi mamá que le pidió tanto a Dios para que la guiará que escuchó una voz que le dijo que le pellizcará la planta del pie y fue así que por obra y gracia del señor el bebé sacó la otra piernecita».

Con la mirada perdida en el viejo retrato de su mamá, Flor María deja salir penosamente un par de lagrimas. “Sabe usted -me dice entre sollozos-, yo lamento no haber aprovechado toda la sabiduría de mi madre, a veces no le prestaba atención porque no me veía como partera, aunque de niña, como la casa era de mata de corozo, ella estaba en la pieza con la paridora y yo por las hendijas miraba para aprender, hace un mes atendí el primer parto y fue una mezcla de sentimientos”.

Mis ojos se despepitan por la sorpresa de saber que Flor María también es partera. «Por favor cuénteme cómo fue esa primera experiencia», le pido.

«Vea, fue una muchacha venezolana que vive en Cuiva que no la pudieron sacar a San Marcos donde hay un hospital y me llamaron a mí. Por un lado, alegría, porque vencí el miedo y puse en práctica lo que aprendí de mamá Nasto; y por el otro, tristeza, porque sentí que desaproveché tanta sabiduría de mi mamá, pero lo importante fue que el parto fue exitoso», respondió.

Según el Observatorio de Igualdad de Género de América Latina y el Caribe, Colombia ocupa el puesto 16 con más muertes maternas en la región. En el año 2015, por cada 100.000 nacimientos, 64 madres murieron. En el departamento de Sucre se registraron 76 muertes maternas entre los años 2011 y 2017. En aras de reducir estas cifras, el Fondo Mundial de Población de Naciones Unidas ha recomendado fortalecer el trabajo y proteger el saber tradicional de las parteras, las únicas capaces de asistir a muchas madres en las zonas más alejadas de nuestros países.

Flor María lamenta que se esté cortando el cordón umbilical de este arte hecho tradición. Ahora sé que ella es la última partera que queda en estos zapales. “A las muchachas de ahora no les gusta este arte, en esta zona yo soy una de las últimas que queda por aquí. Quedaban otras dos por el lado de El Cauchal, pero ya murieron, y una señora de Las Delicias que ya no ejerce”.

De acuerdo al artículo científico ‘Caracterización Social Demográfica y de Riesgo en las Gestantes de la Empresa Promotora De Salud, Hospital San Benito Abad, Sucre, 2015’, el 53% de las gestantes vive en zonas rurales, como se muestra en la siguiente gráfica:

Gráfica tomada del artículo «Caracterización Social Demográfica y de Riesgo en las Gestantes de la Empresa Promotora De Salud, Hospital San Benito Abad, Sucre, 2015.

Los autores de dicho artículo científico concluyen que las mujeres en embarazo proceden la gran mayoría de zona rural dispersa, en donde se observan más índices de pobreza y miseria, para lo cual recomiendan «realizar una búsqueda activa con un grupo conformado por médico y enfermera, por lo menos cada tres meses, para poder detectar y generar acciones para disminuir factores de riesgo y generar conciencia para asistir a los controles prenatales explicando su importancia».

Las recomendaciones de los autores del artículo nunca fueron tenidas en cuenta por los gobiernos departamentales y locales; por el contrario, el parto de cada día son los precarios servicios del único centro de salud de esta zona que concentra la mayor población rural del municipio de San Benito Abad, preocupante panorama para estas veredas que ven morir a sus parteras y con ellas la tradición que por generaciones recibió cientos de vidas en medio de la miseria y espesos zapales. Las parteras son las manos del Estado actuando en cada parto, aunque su verdadero estado sea el del olvido.

Los rayos solares del medio día se metieron por las pequeñas rendijas de la palma, proyectándose sobre la fotografía de la partera. “¿Sí ve que mi mamá Nasto no quiere que muera esta tradición? Ese rayo es luz, por eso seguiré saliendo de mi casa a la hora que sea, a lomo e’ caballo, así truene, llueva o relampaguee, y hasta que mi cuerpo lo permita, con el único objetivo de que mis manos ayuden a florecer una nueva vida en algún hogar de esta región”.

María Anastasia Montes, amorosamente conocida y recordada como Mamá Nasto, murió sin honores después de toda una vida dedicada a recibir vidas. Flor María me contó que, en los últimos días de vida, a su madre un clavo le cegó el ojo izquierdo. «Pero ni eso le impidió ver la luz del cielo». Me despido de Flor María y me apresto para el regreso por la trocha fangosa. Por el camino me pregunto qué pasará con las mujeres de esta región que necesiten parir a partir de mañana, si la partera llega a ganarse la lotería con los números del café.

Cortesía: La Cháchara