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Manuel Cepeda Vargas – 25 años
El pasado 9 de agosto se cumplieron 25 años del magnicidio del dirigente comunista, exdirector del semanario VOZ y senador de la República, Manuel Cepeda Vargas. Ante su tumba, su hijo el hoy senador Iván Cepeda Castro, le rindió un sentido homenaje.
Iván Cepeda Castro / Lunes 12 de agosto de 2019
 

Nos reunimos ante la tumba del senador Manuel Cepeda Vargas para conmemorar 25 años que han transcurrido desde el día en que un grupo mixto de suboficiales del Ejército Nacional y sicarios de los grupos paramilitares perpetraron su asesinato.

Son, por supuesto, 25 años de intensos esfuerzos por lograr la justicia plena; 25 años que han sido de permanente confrontación en los estrados judiciales, en los escenarios políticos, y en la opinión pública. Como resultado de ese esfuerzo que los familiares hemos llevado a cabo con el invaluable concurso de las abogadas y los abogados del Colectivo ‘José Alvear Restrepo’, del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado, y con sus compañeras y compañeros del Partido Comunista y de la Unión Patriótica; existen numerosas decisiones judiciales, penales, disciplinarias, administrativas y de acciones de tutela, en las que hemos defendido nuestros derechos a la justicia, la verdad, la honra y la dignidad.

Entre tales decisiones, la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos selló definitivamente las discusiones sobre el carácter de este crimen: el asesinato del senador Manuel Cepeda fue un crimen ejecutado como parte de un genocidio de Estado. En la tarde de ayer, hemos solicitado a la Jurisdicción Especial para la Paz y a la Comisión de la Verdad que incluya este asesinato en sus trabajos de esclarecimiento y en el caso Nº 06 abierto por esta jurisdicción para examinar los miles de hechos criminales cometidos contra la UP y el Partido Comunista.

Esa verdad debe quedar indeleblemente escrita en nuestra historia. Se trata del genocidio perpetrado por décadas contra el Partido Comunista Colombiano –que comprende una etapa intensiva, la del genocidio contra la Unión Patriótica– que ha consistido en el proceso criminal más prolongado, más destructivo y más atroz, que haya soportado formación política o social alguna en Colombia; un país de genocidios.

Se trata de un proceso que ha contado en diversas fases con la participación activa y coordinada del aparato estatal, de distintas instituciones en todos sus niveles, de poderosos círculos políticos y empresariales, en coordinación con estructuras paramilitares, y que ha incluido todo el espectro de crímenes de lesa humanidad que se han practicado en el país; con todas las modalidades de ataque, persecución, represión, censura e ilegalización; y que ha supuesto no sólo el asesinato masivo y el destierro de sus líderes e integrantes, sino diversas formas de persecución judicial y estigmatización en la opinión pública.

Sin embargo, lo más relevante de este genocidio de Estado ha sido su fracaso ante la formidable resistencia del movimiento popular. Ni en el caso del Partido Comunista ni en el de la Unión Patriótica se pudo lograr el objetivo perverso que era el exterminio físico total y la eliminación política de estas formaciones. El Partido y la UP, sus sobrevivientes y víctimas, su memoria, su representación política y sus medios de difusión encarnan la derrota histórica del plan de aniquilar para siempre la fuerza y las ideas políticas que representa ese proyecto de transformación social.

Ese proyecto político, en esta etapa de la bicentenaria historia nacional, ha consistido en estar en las principales luchas sociales de los sectores populares urbanos y rurales, y en especial hacer presencia permanente en la resistencia del campesinado colombiano al intento por arrasar sus formas de vida y de economía. Por eso, este programa ha puesto en el centro la búsqueda y construcción de la solución política del conflicto armado, la defensa de los derechos humanos y de la soberanía, la apertura democrática y la reforma rural integral; programa que consecuentemente defendió una generación sacrificada de grandes figuras, y que hoy defiende heroicamente otra generación, la de las lideresas y líderes comunitarios, la de exguerrilleros en proceso de reincorporación, a pesar del inmenso costo en vidas que esta lucha por el cambio sigue representando.

Por eso la mayor derrota histórica del proyecto genocida no ha sido solo no haber podido consumar su objetivo criminal, sino además no haber podido alcanzar su objetivo político: impedir la conquista del Acuerdo Final de paz que en noviembre de 2016 suscribieron el Gobierno Nacional, a nombre del Estado colombiano, y la guerrilla de las Farc – EP.

Esa empresa titánica que comienza a dar hoy sus primeros frutos. En este aniversario, vale recordar que Manuel Cepeda, en condición de representante a la Cámara fue el autor del primer proyecto de Estatuto de la Oposición que hoy es Ley de la República gracias a la implementación del Acuerdo de Paz. Y vale recordar además que hoy existe el movimiento Defendamos la Paz que reúne fuerzas sociales y políticas que tienen la potencia necesaria, como se demostró el pasado 26 de julio, para movilizar a la Nación y consolidar el proyecto de paz total y definitiva, que consiste ni más ni menos en la implementación integral del Acuerdo de Paz suscrito entre el Estado y las Farc – EP; el reinicio de las conversaciones de paz entre el Estado y el ELN, que concluya en un acuerdo de paz; la reincorporación de los grupos disidentes de los anteriores procesos de paz, el sometimiento a la justicia de las estructuras paramilitares, de las llamadas bandas criminales, y de todo grupo de violencia residual.

En este día en que conmemoramos un cuarto de siglo de la muerte física de Manuel Cepeda Vargas, es imperativo afirmar que el triunfo de la vida sobre la muerte se está obteniendo gracias a la lección democrática de sacrificio que nos legaron las mujeres y los hombres de la UP y del Partido Comunista inmolados; lección que consiste en que a pesar de todas las adversidades y persecuciones, se debe perseverar con estoicismo y serenidad en la vía democrática para obtener un cambio político como es el de la paz total y definitiva que abra la era del surgimiento de una nueva sociedad justa, digna y democrática.

En eso consiste el legado histórico del que somos depositarios y que con orgullo nos guía en nuestro quehacer diario.

Muchas gracias.

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