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Medellín del alma
Carlos A. Lozano Guillén / Miércoles 23 de septiembre de 2009
 

Medellín, la capital antioqueña, tan en el alma de los colombianos, ciudad emprendedora y de gente laboriosa, vuelve a estar en el ojo del huracán. Las cifras de la violencia urbana están al nivel de los años 90, antes de la entrega de Pablo Escobar en el gobierno de César Gaviria y posterior a su evasión de “La Catedral”. Van al ritmo macabro de las 2.600 muertes anuales, con el agravante que la violencia penetró a los colegios de secundaria. Se dice que 65 estudiantes murieron este año en enfrentamientos y actos violentos.

Las alarmas están encendidas y en las alturas del poder se rasgan las vestiduras como siempre.

En Medellín estuvo el presidente Uribe Vélez la semana pasada con su discurso retardatario y belicista. En su peculiar estilo, invocando la “seguridad democrática”, anunció medidas de orden público, incremento de la Policía, vigilancia militar y que la situación será atendida por el general Naranjo, como si se tratara del escenario de la guerra y la confrontación armada.

Al comienzo de su primer gobierno le entregó esa misión al general Montoya, quien bombardeó la Comuna 13 para exterminar al último de los milicianos de las FARC y del ELN. Fue con el apoyo de “Don Berna”, según lo confesó el capo, extraditado después a Estados Unidos, y además muchos de los muertos fueron arrojados al río Cauca al otro extremo de la ciudad.

La ciudad presenta todas las contradicciones y complejidades de la ciudad urbana capitalista. Los gobernantes nacionales y locales se dedicaron a embellecerla, a construir moles de piedra y atractivos espacios, pero olvidaron que en la periferia y en el mismísimo centro abundan la pobreza y las lacras sociales. Es lo singular de la ciudad capitalista, agobiada por el desmedido interés de la oligarquía a la que sólo le interesa abultar sus utilidades y sus negocios.

Por eso no prosperaron ni el sometimiento a la justicia de Pablo Escobar, ni la debacle del cartel de Medellín, ni la guerra sucia contra “los desadaptados” y mucho menos los bombardeos contra las milicias guerrilleras.

Una capital con el despelote social de Medellín, en donde confluyen todas las lacras de un país sin soluciones sociales y con una clase gobernante mezquina y sinvergüenza, sólo puede convertirse en albergue de mafias, de paramilitares, de bandas sicariales y en escenario del conflicto social y armado. Los documentales y películas que abundan sobre el tema son el reflejo de la patética realidad.

Sergio Fajardo creyó que negociando en secreto con los paramilitares podía resolver el asunto, pero “Don Berna” continuó gobernando, como lo demostró el día de su extradición en que se paralizó Medellín. El único antídoto es atacar las causas de la miseria y del conflicto, para ello se requieren gobernantes que tomen distancia de los intereses del capital. Es lo que falta.