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Memoria
Decido no ser víctima
María del Rosario Vásquez / Jueves 15 de octubre de 2009
 

El amanecer del 2 de febrero de 1981 mi vida, mi joven vida de mujer, de estudiante, de enamorada, de mamá, de hija, de hermana, de amiga, de comprometida, cambió para siempre. Tengo vagas imágenes de mi compañero con los ojos vendados y tirado en el suelo, de cada rincón de ese pequeño apartamento como si un vendaval lo hubiera destruido, de los muñecos de peluche de mi hijo abiertos con navaja y con el relleno por fuera, de un muchacho de uniforme regando por el suelo las bolsas de arroz, de harina, de azúcar y rompiendo uno a uno los huevos que sacaba de la alacena, de una bota que pisa mis gafas. Me veo reflejada en un espejo, en piyama y temblando. Debajo de la cama están los panfletos impresos en mimeógrafo, con su olor a alcohol, su tinta azulosa y el nombre prohibido: M19. Me colocan una capucha encima y manos desconocidas me empujan, me caigo y me raspo las rodillas y la cara porque tengo las manos atadas a la espalda, hace mucho frío y en la parte de atrás de un carro empieza una larga oscuridad que sólo aclarará once meses después.

Turbay Ayala hizo de la desaparición forzada, de la tortura, de la detención arbitraria una política de Estado al someter a Colombia al llamado “Estatuto de Seguridad” (antecesor, claro que si, de la Seguridad democrática). Apelando a este “sagrado recurso para proteger al país” (como lo había dicho Germán Zea Hernández, el ministro de Gobierno) una horda de soldados invadió mi ser y estuvo a punto de destruirlo.

La Universidad de Caldas donde estudiaba Medicina era un hervidero de actividad, de formación de conciencia, de re-conocimiento de la realidad. Desde segundo semestre fui representante de los estudiantes, primero en el consejo de la facultad y luego en el consejo superior: nada simpática a la autoridad establecida. Además, varios de mis amigos habían decido “irse para el monte”, cambiar las aulas por lejanos territorios de sol intenso o de frío constante en donde comunidades ansiosas de dignidad escuchaban sus voces como bebiendo agua fresca. Quienes nos quedamos no podíamos menos que apoyarlos, sin armas, sin dinero, imprimiendo panfletos (cuando ese nombre no era sinónimo de amenaza), en reuniones clandestinas para hablar, hablar interminablemente diseñando sueños posibles, alojando por una noche a compas que pasaban y de quienes ni conocíamos el nombre: éramos el “Colectivo del café”, un grupo de apoyo que jamás tomó un arma ni para esconderla, que jamás planeó nada. La mayoría éramos mujeres.

La noche del 2 de febrero (última fecha de la que tengo conciencia), luego de un viaje eterno sin comer, con las manos atadas, en el que me mareé y me vomité encima, mientras voces diferentes me insultaban por turnos, llegamos al fin a un sitio más frío aún y en medio de la lluvia. Alguien dijo: “Bienvenida a las caballerizas”. Mi corazón se heló y mi primer convencimiento fue que mi hijo iba a crecer sin mí. Estaba en la Brigada de Institutos Militares, el BIM, ese sitio de tortura, de desaparición, de donde muy pocos regresaban. Estaba en las tristemente famosas caballerizas. Me quitaron la venda pero por horas no vi sino lucecitas. Me quitaron la ropa y me echaron encima un balde de agua helada, me dieron otra ropa maloliente y me empujaron a una caballeriza. Bajo las patas de un caballo gigantesco iba a pasar no sé cuántos días, le puse nombre, “Atila”, le hablaba para que no se meara ni se cagara encima de mí y para que sus patas inmensas no me hicieran daño, pero eso no siempre fue posible. Luego supe que no estaba sola, que Clara y Beatriz, mis compañeras de facultad estaban allí. Ellas y yo, todavía hoy, sabemos que estamos vivas por la fuerza que nos daba escuchar el golpeteo de la cuchara contra el plato de peltre.

Lo que sigue es eso que sabes que le pasa a otras: los meñiques fracturados por un culatazo, el “submarino” en el que de verdad te ahogan en un barril inmenso, las grabaciones con la voz de tu hijo enviándote besos a media lengua mientras te dicen que ellos lo tienen, los azotes con cuerdas mojadas para que no queden cicatrices y las violaciones, las tuyas y las de tus amigas que tienes que contemplar mientras te dejas los labios en carne viva para no gritar. ¿Qué vas a decir si no sabes nada? La única manera de resistir es no estando allí, yéndote lejos.

Tres despojos llegamos a la cárcel de Armenia. Pasamos once meses sin juicio, simplemente sindicadas. Las tres estamos vivas por esa increíble ironía de tener padres del partido liberal que habían votado por el presidente del estatuto de seguridad y que movieron cielo y tierra para que apareciéramos. Tantos y tantas no tuvieron esa “fortuna”. Yo en cambio estuve en la cárcel del Bosque, donde a la comida se le decía “basura”, donde la cárcel de hombres sólo está separada por un alto paredón de la de mujeres y todo el día se están gritando obscenidades o mensajes de amor, donde pasé once meses sin ver a mi hijo porque él es “un pájaro libre de libre vuelo” y detrás de rejas jamás, donde las mujeres no sabían leer ni escribir y con Clara y Beatriz nos dedicamos a dar clases, a leer en voz alta, a escribirles las cartas para los amores, a tejer hilos, historias, resistencia. De allí salí y salió mi alma.

Pero cuando me miro, cuando me reconozco, cuando me presento ante el mundo jamás pienso en mí como una víctima. Será que cada ser humano busca su forma de sobrevivir y yo decidí que no iba a dejar que la mierda de esos días (y la de los días de Colombia que no cesa) me robara el futuro, la calma, la construcción de posibilidades y que me catalogara de una forma que, simplemente, decidí no ser. Recuperar la dignidad que te ensucian hasta niveles increíbles ha sido posible por los ojos de hombres y mujeres que me han necesitado a lo largo del camino y que me han dado tanto, espero que sepan que en cada reclamación, en cada pelea, en cada proceso por sus derechos, me he dado yo. Por ellos no soy víctima. Por ellos estoy aquí.