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Trashumancia: Trece años andando, diez repasando
Yezid Arteta, quien fue el guerrillero preso con mayor rango, hace una semblanza de su vida en este texto, escrito en Barcelona, ciudad que habita desde hace varios años, dedicado a la escritura, la academia, la reflexión y la lectura.
Yezid Arteta Dávila / Domingo 10 de enero de 2010
 

«Lo que sucedió a continuación de tan repetido es vulgar:
la violencia de la que no podemos escapar.
El destino de los latinoamericanos nacidos en la década de los cincuenta».
Putas asesinas, Roberto Bolaño

La luz resplandeciente que me estalló en la cara me obligó a parpadear desesperadamente, al tiempo que sentí como una suerte de aturdimiento que por momentos me hizo flaquear las piernas. Un sol de plomo volcaba sus despiadados rayos contra toda existencia, castigando así la vasta geografía del ardiente valle del Magdalena, tal como se podía apreciar en la tierra cuarteada y moteada de pequeños lamparones de yerba marchita. La temperatura superaba los 40 °C y frente a mí, a unos escasos diez metros, pude —luego de recuperar la noción del espacio— divisar a un pequeño grupo de personas que me apuntaban con unos artefactos. Era un poco más de las tres de la tarde del 12 de julio de 2006 y acababa de superar, flanqueado por la pequeña pero maciza humanidad del abogado Ramiro, la reja metálica de la abrumadora mole de hormigón armado, hierros y alambrados de la penitenciaría de alta seguridad de Doña Juana, en La Dorada (departamento de Caldas), que me separaba de la libertad. Volvía nuevamente a la calle después de purgar diez años y diez días de prisión, luego de que me capturaran al término de un choque armado con soldados de las fuerzas especiales del ejército que, a bordo de una flotilla de helicópteros, habían aterrizado en Remolinos del Caguán, un remoto y selvático paraje de la Amazonia colombiana. Había recibido dos impactos de fusil M-16 en la pierna izquierda y tenía además algunas esquirlas de granada en distintos lugares del cuerpo. El arresto se produjo el 2 de julio de 1996, y meses después un juez sin rostro1 me condenó por el delito de rebelión.

Frente a la penitenciaría había un inmenso valle y a lo lejos se alzaban las crestas de la cordillera de los Andes. Los intentos de captar con mi vista tantas imágenes juntas y distantes me producían una especie de vértigo, debido a que mis ojos se habían desacostumbrado a la función de cubrir campos visuales de dilatada trayectoria, dado que en las siete prisiones que recorrí durante mi largo cautiverio fueron contadas las veces en las que pude distinguir un espacio frontal y abierto que no estuviera cerrado por una puerta o un muro. Había militado en la guerrilla colombiana de las Farc2, organización donde logré escalar hasta algunas de sus estructuras de mando, razón por la que ejercí cierto liderazgo entre los centenares de prisioneros políticos; incluso durante las conversaciones del gobierno con los rebeldes3, los negociadores de la guerrilla adicionaron mi nombre a una extensa lista de hombres y mujeres para los que se pedía la libertad a cambio de la liberación de varios centenares de policías y soldados capturados por la insurgencia en diversas operaciones militares. Los voceros de los guerrilleros hablaban de un canje, y desde entonces los medios de comunicación me otorgaron, lo mismo que a otros prisioneros políticos, el calificativo de «canjeable», hasta el punto de que en un reportaje aparecido en una destacada revista colombiana —acompañado de mi foto en la portada, vestido con ropa de fatiga— se me ponía entre los llamados «Doce del Patíbulo», dado que el autor de la crónica me consideraba uno de los hombres «claves» de la guerrilla que, para aquel entonces, se encontraban tras las rejas. Esta era, pues, una de las razones por las que varios reporteros de prensa escrita, radio y televisión se encontraban apostados frente a la entrada de la penitenciaría, armados con grabadoras, micrófonos y cámaras a la espera de mi anunciada liberación, ordenada por un juez al acreditar que la pena estaba plenamente ejecutada.

Recuerdo que sólo dije unas breves palabras a los periodistas que me interrogaban sobre cuál sería el camino que seguiría al recobrar la libertad. Los más osados corresponsales preguntaban sin reato alguno acerca de la posibilidad de mi retorno a las filas de los rebeldes. Manifesté a los reporteros, entre otras cosas, que por el momento no sabía qué iba a pasar con mi vida en el inmediato futuro, agregando que lo más importante para mí era recuperar parte del afecto y la compañía de mis seres queridos, puesto que las relaciones con ellos se habían truncado o desvanecido a consecuencia de los turbulentos remolinos de la guerra y la prisión.

Cuando me liberaron tenía 47 años cumplidos, de los cuales había permanecido trece en la trashumancia guerrillera y una década más en la cárcel, es decir, casi un cuarto de siglo en un país en el que los acontecimientos transcurren con la celeridad de una película en cámara rápida, de guisa que la realidad que había dejado en mi natal Barranquilla el día en que tomé la decisión de alzarme en armas contra el Estado era totalmente distinta de la que tenía por delante, pues desde aquel entonces y hasta ese momento había pasado una generación completa. Un periodista perteneciente a una de las cadenas de radio más importantes de Latinoamérica describía en esta forma el momento justo en que dejaba atrás el penal donde había permanecido bajo régimen de calabozo los dos últimos años de la condena: «Visiblemente cansado, pero con gestos de alegría, salió de la cárcel de La Dorada, Caldas, Yezid Arteta, integrante de la guerrilla de las Farc, quien cumplió una condena de diez años de prisión»4.

Me encontraba realmente agotado en vista de que las autoridades carcelarias retrasaron por espacio de 72 horas la ejecución de la orden de «libertad inmediata» dada por un juez de la república, a la espera de instrucciones del alto gobierno en relación con la conveniencia de dejarme libre o no, de modo que durante esos tres días estuve en el más absoluto estado de incertidumbre, sin saber a ciencia cierta si ejecutaban el mandamiento judicial o lo revertían, como había sucedido en dos oportunidades anteriores en las que la Fiscalía General de la Nación abrió en mi contra nuevos expedientes para impedir que pudiera recobrar la libertad, ante la creencia gubernamental de que tan pronto saliera, tomaría otra vez las armas contra el establecimiento.

No fui capaz de conciliar el sueño en el calabozo durante esas largas horas y fueron pocos los bocados que tomé de la mísera ración diaria de alimento, razón por la cual cuando salí a la calle en mi rostro, desmadejado y exangüe, se reflejaban las huellas dejadas por el insomnio y la ansiedad. Llevaba entonces en la mano una pequeña bolsa plástica en la que guardaba recuerdos muy personales, tales como fotografías, cartas y dos cuadernos con anotaciones de lecturas y reflexiones, un legajo de fotocopias de mi expediente y un bolígrafo que guardaba celosamente como recuerdo de José A. Achury, el abogado que ejerció mi defensa en varios procesos y quien fue brutalmente asesinado por extremistas de derecha. El resto de mis pertenencias —libros, diccionarios, ropa, lápices de colores, útiles de aseo personal, cuadernos para tomar nota, goma de borrar, entre otras— los había repartido entre mis camaradas de prisión, respondiendo no sólo a un gesto de solidaridad con los que se quedaban cumpliendo largas condenas, sino también por mera superstición, dado que existe en la tabla de valores de los presos un agüero que considera de mala suerte el hecho de llevar a la casa los elementos utilizados en la cárcel, a riesgo de retornar al reclusorio.

«No habló de volver al monte», comentó la corresponsal de una cadena radial enviada a La Dorada desde Bogotá, refiriéndose a lo poco que dije al abandonar el penal. Aunque tomé la precaución de no referirme ante los periodistas a temas relacionados con mis decisiones políticas futuras para evitar manipulaciones, desde mucho antes de recobrar la libertad había decidido no volver a empuñar las armas para enfrentar al statu quo. De por medio había una razón ética, fermentada durante mis últimos años de presidio. Más adelante comentaré algunas de las razones que me llevaron a tomar la resolución de no «volver al monte», como diría la aludida periodista.

Valga decir que los motivos que me condujeron a optar por la lucha armada obedecieron a varios factores. El primero de ellos —el más relevante, agregaría— fue estrictamente de carácter ideológico, y tiene que ver con mi pertenencia a las Juventudes del Partido Comunista durante mi época de estudiante. Ser miembro de una organización comunista en los años setenta tenía un carácter místico, hasta el punto de que los intereses revolucionarios se ponían por encima de la vida misma, y ello implicaba una actitud abnegada frente a la lucha. Esto hizo que mi juventud discurriera en forma intensa y agitada, convirtiéndome en un perseverante dirigente estudiantil en el alegre, bullanguero y carnavalero puerto caribeño de Barranquilla —inmortalizado en la obra del Nobel Gabriel García Márquez y su mentor, Ramón Vinyes, el sabio catalán en Cien años de soledad—, la ciudad que evoco con melancolía y a la que no he vuelto desde aquel diciembre de 1984 cuando, mintiéndoles a mis padres, les dije que iba a dictar un curso en el campo y prometí volver en unas cuatro semanas.

Recuerdo con nitidez que mi novia y compañera de andanzas en las Juventudes Comunistas se fue conmigo en un taxi hasta el aeropuerto Ernesto Cortissoz para tomar un avión que me llevaría hasta la fría Bogotá. Cuando me alejé de ella para ingresar a la sala de espera, volví la mirada. Hasta hoy día recuerdo aquel bello rostro que, anegado en lágrimas, trataba infructuosamente de atravesar la barrera de vidrios que nos separaban. Por los altavoces llamaban a los pasajeros del vuelo a Bogotá para que abordaran el avión, y antes de embarcarme me devolví y aplasté mis labios contra la pared de cristal, creyendo besar los suyos. La aeronave alzó vuelo, y desde las alturas, con el corazón maltrecho, observé afligido la ciudad donde quedaban mi barrio, mis amigos, mi novia, mi universidad, mis libros, mi balón de básquet, mis camaradas de cofradía, mis discos, mi familia… todo quedó allí.

Las lecturas de la época contribuyeron igualmente a decidirme por la lucha guerrillera, sobre todo aquellas en las que se contaban las gestas de los rebeldes centroamericanos en contra de las dictaduras que castigaban a sus respectivos países. La montaña es algo más que una inmensa estepa verde y Canción de amor para los hombres, escritas por el dirigente sandinista Ómar Cabezas y en las cuales se narraban las vicisitudes de los hombres que edificaron el ejército sandinista, se convirtieron para nuestra generación militante en un modelo. Por un lado, las obras de los escritores rusos —Gorki, Ostrovski, Babel, Shojolov— en las que se hablaba de la tenacidad del Ejército Rojo en su lucha contra los guardias blancos y el fascismo lograron igualmente estimular nuestra euforia, nuestra utopía. Por otra parte, los planteamientos tácticos y estratégicos expuestos en sus obras por Vo Nguyen Giap, el victorioso militar vietnamita que liberó a su país mediante la guerra de guerrillas, reforzaron mi idea de que en Colombia también era posible obtener un triunfo similar a través de la guerra popular prolongada.Image

Sin embargo, ocurrieron también unos hechos que aceleraron mi decisión de «irme para el monte». Uno de ellos tenía que ver con la aparición del M-195 en las grandes ciudades, lo mismo que el comienzo de los diálogos y acuerdos del gobierno con las Farc, lo que le permitía a esta última organización salir de la marginalidad en la que se debatía. Convertirse en guerrillero ya no era una posibilidad remota, porque a principios de los ochenta era relativamente fácil acercarse a sus estructuras, las cuales se multiplicaban en los barrios, en los sindicatos o en las aulas universitarias, y no sólo en los lugares más alejados de la geografía nacional. En mi condición de militante comunista y activista estudiantil, que me relacionaba diariamente con numerosas organizaciones y grupúsculos de izquierda que actuaban dentro o fuera de la legalidad, se me hizo fácil contactar a una célula de la guerrilla, pues la tenía a tiro de piedra en la misma universidad donde cursaba mis estudios de leyes.

La decisión de incorporarme a la guerrilla la tomé finalmente cuando volví de una larga estancia en la antigua Yugoslavia y la Unión Soviética, países donde reforcé mis convicciones revolucionarias al tener contacto con dos estados socialistas que habían nacido como resultado de la resistencia armada y el asalto. El papel de Lenin en el alistamiento para la toma del Palacio de Invierno y la perseverancia del mariscal Tito, al frente de un ejército de partisanos durante la segunda guerra mundial, constituyeron sin lugar a dudas valiosos referentes para que definitivamente eligiera la lucha armada como la vía más importante, en aquel entonces, para lograr la transformación revolucionaria de Colombia. En diciembre, cuando las viviendas de la ciudad comenzaban a recibir los primeros ramalazos de los vientos alisios y los barranquilleros se alistaban para celebrar la Noche de las Velitas6, tomé un morral de lona verde oliva que había comprado en un almacén militar de Moscú, guardé en su interior alguna ropa, unas fotografías familiares y un tomo de pasta semidura y papel semibiblia con las obras completas de Albert Camus, y le dejé de recuerdo a mi novia un ejemplar editado por Siglo XXI de La montaña es algo más que una inmensa estepa verde, en cuya primera página había recogido un autógrafo del poeta cubano Nicolás Guillén, cuando, ya viejo, fue invitado a inaugurar una biblioteca pública en un populoso barrio de Barranquilla y pude cruzar unas breves palabras con él. Una semana después ya me encontraba en un desfiladero de la cordillera Oriental, en los Andes colombianos, a más de mil kilómetros de Barranquilla, lugar donde se localizaba el cuartel general de las Farc.

El primer tropiezo que encontré con la vida guerrillera fue mi renuencia a vestir prendas militares, más en concreto el uniforme verde oliva que tradicionalmente ha usado la policía en Colombia. Era un prejuicio contra una vestimenta que relacionaba en forma directa con la represión, ya que durante las permanentes refriegas estudiantiles en las calles de Barranquilla o en el interior de algún claustro universitario, las palizas y las cargas más contundentes procedían de los efectivos policiales. Hubo una de estas tundas que nunca olvido —el 21 de octubre de 1981, durante las jornadas del Segundo Paro Cívico Nacional— porque sucedió en una esquina del barrio donde residía y en presencia de mi padre, quien nada pudo hacer para impedir que me golpearan ferozmente con las porras y menos que me llevaran preso.

Salvo cuatro o cinco salidas que hice a centros urbanos para cumplir tareas específicas y por espacio de unos cuantos días, los trece años que permanecí en las filas de la guerrilla los viví en la montaña. Para mí fue un proceso gradual de ruralización, en la medida en que iba olvidando los usos propios de la existencia urbana y, por el contrario, me hacía más diestro en el modo de vida montaraz. La forma de vida guerrillera era la supervivencia en sí misma. Fueron días, meses y años completos resignado a una rutina que pocas veces se alteraba. La existencia nómada me permitió, por otra parte, conocer la geografía física de vastos territorios del país donde había algunos sitios en los que ni siquiera se encontraban asentamientos humanos. Pero hoy en día, cuando han pasado tantos años de aquella trashumancia, creo que lo más importante y enriquecedor de mi paso por la insurgencia colombiana fue el hecho de haber conocido la geografía humana.

Mientras redacto este relato en un ambiente tranquilo, como el que transcurre en el campus de la Universidad Autónoma de Barcelona, distanciado tanto cronológica como geográficamente de la violencia que aún persiste en Colombia, pienso que durante los años que estuve en los destacamentos rebeldes fui sujeto de una serie de cambios en mi idiosincrasia asombrosamente contradictorios. Para ser más preciso, digo que la guerrilla colombiana, aquella en la que milité entre las décadas de los ochenta y los noventa, pudo haberme humanizado al tiempo que también lograba deshumanizarme. Así, por ejemplo, el acto de compartir una panela7 que cargaba en mi mochila con un grupo de niños hambrientos que vivían en una miserable choza de horcones y palma en la cabecera del río Iscuandé, o de aplicar un tratamiento de quina a una escuálida vieja tendida en una esterilla de guaduas por allá en las riberas del río Micay, que tiritaba por los escalofríos que le ocasionaba la malaria, fueron algunas de las acciones que, entre las que recuerdo, me dignificaron como ser humano. Pero creí deshumanizarme las veces en que enterrábamos a uno o más de nuestros compañeros muertos en un combate en una fosa cavada entre la manigua y horas después proseguíamos la rutina como si sólo hubiéramos sepultado unas piedras, o cuando perdidos y hambrientos en la media bota caucana nos veíamos obligados a atacar a tiros las manadas de monos churucos para alimentarnos con su carne y era testigo de la orfandad de un pequeño crío que había perdido a su madre en aquella matanza. Sin embargo, la lucha por el día a día en las penosas condiciones de la guerra de guerrillas no le permite a un combatiente concebir este tipo de reflexiones o disquisiciones de orden ético o moral. Sólo ahora puedo permitírmelo cuando es posible contar con unos medios, con una realidad distinta, con un mundo circundante ajeno a la guerra, unas nuevas circunstancias que me abren la posibilidad de establecer este tipo de contrastes.

Contaba al principio de este relato que en el momento en que las tropas del ejército me capturaron estaba herido. Una enfermera, en Remolinos del Caguán, logró extraerme uno de los proyectiles calibre 5,56 mm, y lo hizo furtivamente durante la noche porque los soldados tenían informes acerca de mi situación y me buscaban incesantemente dentro del perímetro urbano del pueblo habitado por unos cuantos centenares de campesinos. Otra ojiva había penetrado en mi carne y era imposible retirarla, de modo que la pierna izquierda, que mostraba también una larga herida vertical por encima de la rodilla, empezó a inflamarse y a dolerme como consecuencia de la rotura de los tejidos. A pesar de los esfuerzos realizados por muchas personas para evitar que las tropas me capturaran, finalmente caí en manos de un comando que allanó la residencia donde me ocultaba. Tendido sobre una camilla de primeros auxilios, un soldado me vendó los ojos con un trapo mientras otro me ataba las manos con una soga. Luego me subieron a un helicóptero M-I7 de fabricación rusa que producía un estampido enloquecedor, proveniente de las palas de los rotores. Pasado un tiempo la nave posó su amenazante estructura sobre los terrenos de una guarnición militar en Florencia (Caquetá), lugar desde donde operaba el puesto de mando de la XII Brigada del ejército.Image

Estuve recluido en la guarnición militar entre tres y cuatro días, vigilado por un grupo de soldados que se relevaban cada dos horas. En ese sitio, un mayor ordenó en una ocasión que me llevaran cargado hasta el dispensario del cuartel, puesto que no podía caminar debido a la inflamación de la pierna y al hecho de no poder contar con una muleta para apoyarme. Dos soldados muy jóvenes, oriundos del Caquetá y cuyas familias residían en las regiones donde operaba la guerrilla, entrecruzaron sus brazos de tal manera que crearon una especie de silla humana en la que me senté. A ratos conversaba amenamente con los oficiales de la unidad militar en un ambiente de camaradería tal, que parecía imposible que fuéramos las mismas personas que días atrás nos combatíamos en forma implacable. Por momentos la plática se mostraba apacible y en consecuencia transcurría sobre asuntos meramente personales, tales como el deseo de la hija de un capitán de estudiar filosofía en la Universidad Nacional, de las eliminatorias para el Mundial de Francia 98, de lo terrible que significa estar separado por largos períodos de la familia, del último disco de Joe Arroyo, en fin… Por su parte, entre los soldados encargados de la custodia había alguno que me indagaba sobre la suerte de un tío que administraba unos billares en Cartagena del Chairá o sobre las tierras que un cuñado poseía en la región de Suncillas, u otro que me comentaba sotto voce acerca de un hermano que era comandante de escuadra en el frente guerrillero que operaba por los lados de Belén de los Andaquíes. Guardadas las proporciones, estas anécdotas me hacen recordar aquel pasaje de la primera guerra mundial donde un grupo de soldados alemanes, británicos y franceses que combatían entre sí en el frente occidental, durante la Nochebuena de 1914, abandonaron sus trincheras para celebrarla juntos, suceso que quedó registrado en una foto publicada por el Daily Mirror en su edición del 8 de enero de 1915, que muestra a los soldados departiendo entre ellos. Igualmente, este hecho quedó consignado en las muchas cartas enviadas a sus familiares desde el frente por soldados que participaron en aquel acontecimiento de confraternización, definido por uno de ellos como «algo fuera de toda imaginación».

Los primeros días de reclusión en el pabellón de máxima seguridad de la cárcel nacional Modelo de Bogotá —adonde me trasladaron por orden de una fiscal de Florencia que oficializó mi captura mediante una diligencia de indagatoria— se convirtieron en una especie de bálsamo para mi azarosa vida en el monte, porque paradójicamente en aquel sitio hallé una especie de sosiego puesto que allí no debía preocuparme por las inclemencias de la lluvia, del cansancio, de las extenuantes marchas, de los servicios de guardia en la madrugada, del hambre, del acecho de la muerte, de la incertidumbre del combate, de los hongos en los pliegues de los pies, en fin, de todas aquellas vicisitudes inseparables de los hombres que optan por hacer la guerra.

La sección dos de máxima seguridad era un espacio al que sólo se ingresaba por una puerta metálica que la guardia aseguraba con candado desde el exterior. Constaba de una pequeña cocina, un baño y cuatro celdas separadas por medio de tabiques construidos con madera. Compartía aquel espacio con dos pistoleros que sirvieron a Pablo Escobar, capo del tristemente célebre cartel de Medellín y uno de los narcotraficantes más poderosos y sanguinarios en la historia del crimen mundial; aparte de un exmensajero de la Fiscalía en Bogotá, señalado como chivo expiatorio en el asesinato de Hernando Pizarro, miembro de una alucinante y dudosa fracción guerrillera8, y coautor de uno de los pasajes más terribles de la violencia colombiana: la masacre de Tacueyó, que cobró la vida de casi dos centenares de personas.

Con los meses se alteró la calma en la cárcel a raíz de un motín organizado por los más de cinco mil reclusos que albergaba el penal. Formé parte del comité negociador en representación de los presos, quienes exigíamos mejora de las condiciones de reclusión, entre éstas el derecho a la educación, la salud, la alimentación y la asistencia jurídica. Para ese entonces, la Modelo era el penal más peligroso del mundo, pues diariamente morían reclusos como resultado de los enfrentamientos con armas de fuego y de fabricación artesanal, entre las distintas bandas y organizaciones que se disputaban la primacía o el control de los pabellones, ante la mirada impotente de la guardia penitenciaria, que no tenía cómo garantizar el orden dentro del presidio. De la Modelo tengo los peores recuerdos de mi vida con respecto a lo que significa el grado de desprecio que un ser humano puede sentir por la vida de su semejante, y cuyo clímax de horror se alcanzó el 27 de abril del año 2000, cuando en una sola noche un considerable grupo de prisioneros vinculados a los escuadrones de extrema derecha asesinaron a veintisiete delincuentes comunes.

Lo que en un principio fue un lugar terrible pero relativamente tranquilo, se transformó de manera gradual en un antro donde se respiraba un pestilente olor a sangre, excrementos, comida podrida y caucho quemado —producido al consumir basuco9— proveniente de los pasillos, las celdas y las cloacas donde se cometían las acciones más abyectas. Salir con vida de la cárcel Modelo en aquellos años, incluso de traslado hacia otro penal, era una bendición que le otorgaba el azar a un preso, sobre todo cuando la guardia carcelaria —particularmente en las primeras horas de la mañana, cuando hacían el conteo general— se topaba con el cadáver de un recluso que había sido estrangulado o envenenado en su propia celda. Las escenas más desgarradoras se vivían cuando el día de visita un padre, una esposa o un hijo ingresaba a los pabellones de la prisión con el deseo ferviente de abrazar a un ser querido con el que había hablado por teléfono la noche anterior y se encontraba con la noticia de que a su hijo, esposo o padre preso lo habían asesinado a cuchilladas en las duchas después de discutir con otro recluso de cuyo paradero o nombre nadie daba razón, puesto que ninguno de los 1.700 presos del pabellón número dos fue testigo del hecho. Debo reconocer en este escrito que gracias a la organización y la protección colectiva que nos impusimos los presos políticos —sumábamos aproximadamente unos trescientos en la Modelo— pudimos sobrevivir a la matanza.Image

Apoyado y asesorado por el Buró de Prisiones de Estados Unidos, el gobierno colombiano tomó medidas prácticas para conjurar el problema de las cárceles y construyó varios penales con estándares de alta seguridad. En octubre de 2001 me trasladaron a la penitenciaría de Valledupar, una de las nuevas prisiones en las que se aplicaría el más estricto régimen de sometimiento. Sería muy largo contar todos los avatares que sucedieron a mi alrededor durante mi estancia en este tipo de penales (La Picota, Valledupar, Cómbita y La Dorada), pero no tengo la menor duda en asegurar que fue en el aislamiento de estas prisiones donde tuve la posibilidad de encontrarme conmigo mismo, con mi propia conciencia. Fue un tiempo bastante largo en el cual no tuve mayor relación con otros presos y raras veces entablaba conversación con los guardianes, pero además fueron contadísimas las veces en que recibí visitas de amigos y familiares. Casi siempre permanecía en el calabozo, sin escuchar voces, por lo cual empleaba hasta doce horas del día —mientras hubiera luz— en leer y escribir. Solamente interrumpía estas dos actividades para comer, asearme y realizar mis necesidades fisiológicas. El canto de los grillos era el sonido que habitualmente escuchaba de fondo, hasta el colmo de que el persistente canto se convertía a ratos en la única prueba de que no me encontraba solo en el planeta.

Desde que era un adolescente leía y escuchaba radionovelas en casa, a instancias de un tío materno aficionado a las novelas policiacas y de vaqueros. En las Juventudes Comunistas me vi forzado a leer muchísima literatura política, porque el techo de la confrontación ideológica era alto. Esta literatura me llevó a consumir los clásicos de la literatura y, desde luego, de la contemporánea, afición que se vio reforzada en la vida guerrillera, donde aprovechaba cualquier momento de ocio para hincarles el diente a obras recientes que nos traían desde la ciudad nuestros apoyos urbanos. Sin embargo, puedo asegurar que fue en los calabozos de las penitenciarías de alta seguridad donde leí como nunca lo había hecho antes: de manera extensiva e intensiva. Y como decía al principio de este relato, hubo varios factores que me indujeron a no volver a empuñar un arma para forzar cambios, y uno de esos fue la literatura. Es curioso: la literatura, entre otras razones, me arrojó a la guerra y muchos años después me separó de ella, para situarme irreversiblemente en la senda del antibelicismo. Recuerdo que en una ocasión un oficial de alto rango de la policía, encargado de pasar revista en el lugar donde estaba recluido, me entregó un ejemplar de El tambor de hojalata, del Nobel alemán Günter Grass, y cuando se lo fui a devolver me dijo que me quedara con él. Pensé entonces que un hombre así, que valora altamente el contenido de una obra maestra de la literatura del siglo XX que, muy a pesar de su extensión y su estilo complejo, recrea sentimientos extraviados en los meandros de la guerra, no tendría razones para vestir un uniforme o portar un arma que eventualmente habría de disparar.

Fue entonces cuando retomé viejas y nuevas lecturas. A mis familiares y amigos que me escribían a la prisión o que podía contactar por teléfono, sólo les pedía títulos específicos de libros cuando me preguntaban acerca de lo que necesitaba, en particular de aquellos en los cuales el autor participó directamente en alguna guerra o fue testigo de ella. Volví entonces a El sitio de Sebastopol, de León Tolstoi; a Una vez hubo una guerra, de John Steinbeck; a La acacia, de Claude Simon; a Imán, de Ramón Sender; a Sin novedad en el frente, de Erich María Remarque; a Homenaje a Cataluña, de George Orwell; a Por quién doblan las campanas, de Ernest Hemingway; a La disputa por el sargento Grischa, de Arnold Zweig… Sin embargo, cayeron en mis manos de manera casual La roja insignia del coraje y Heridas bajo la lluvia, del escritor norteamericano Stephen Crane, y fue entonces cuando concluí de manera inequívoca —como lo hicieron igualmente los autores mencionados ante la catástrofe— que la guerra es la acción más absurda que puede emprender el ser humano, pues ello significaba el retorno a la barbarie, tal como quedó demostrado en la devastación ocasionada por las dos últimas guerras mundiales. Cuando abandoné la prisión de La Dorada, había tomado una decisión clara: la guerra era para mí un capítulo cerrado.

Ahora, después de muchos años de militancia, trashumancia y reclusión, que me han permitido palpar de cerca la miseria y la complejidad de la condición humana, apenas pude entender aquella escena que presencié en uno de los patios de visita de la penitenciaría de La Dorada, cuando un reconocido miembro de un escuadrón de extrema derecha, que horas antes había narrado con pelos y señales la manera monstruosa como les había quitado la vida a centenares de humildes labriegos, lloraba de emoción al recibir en sus brazos el cuerpecito de su hijo, que había nacido unas cuantas semanas atrás.

Cuando volví a pisar una ciudad grande como Bogotá, la capital de Colombia, caí en la cuenta de cuántas cosas no sabía hacer, pues si bien era cierto que estaba informado del transcurrir del mundo a través de la prensa, los libros y las revistas, toda esa información era meramente de papel porque en términos prácticos no sabía cómo funcionaba un cajero automático o un fax, por ejemplo, a pesar de que sabía plenamente de su existencia. El tráfico y las multitudes me molestaban sobremanera, y después de una conversación por más de una hora con alguien estaba mentalmente agotado debido a que en el monte y la prisión la vida, los colores, los sonidos responden a otras ritmos y modalidades, y lógicamente los hábitos urbanos —a pesar de haber nacido y vivido en una ciudad de más de un millón y medio de habitantes— me eran del todo extraños veintitrés años después.

—¿Qué hace usted aquí? —me preguntó el escritor y pintor Arturo Alape en la sede del teatro La Candelaria días antes de morir—. ¡Váyase, que lo van a matar! —agregó con vehemencia.

Alape, autor de El Bogotazo: memorias del olvido, una de las obras más completas sobre los sucesos que originaron la Violencia en Colombia, estaba esa noche en el local de la compañía de teatro, donde los artistas y sus amigos le rendían un homenaje al hombre que conoció tantas veces el exilio por razones de su obra y cuyas únicas armas eran la máquina de escribir, el pincel y la paleta. Me conmoví al ver su rostro empalidecido, traslúcido, a consecuencia de la leucemia que se había apoderado de su delgada humanidad. Me dijo que fuera a verlo a su casa para obsequiarme algunos libros, pues yo le había comentado que la colección completa de sus obras que me había enviado a la cárcel Modelo para leerlas terminaron rotas e incineradas luego de un operativo de la guardia penitenciaria que devastó las celdas de los presos, inmediatamente después que nos sacaron desnudos de los pabellones hasta la cancha de fútbol y desde allí hacia otros penales del país, sin derecho a recuperar ninguna de nuestras pertenencias. No pude asistir a la cita porque pocos días después Alape moriría.

La preocupación de Arturo Alape la compartían muchas personas que me conocieron desde los tiempos de la militancia comunista, quienes me suplicaban que me fuera lejos de Colombia, porque en el país aún se mataba por razones políticas. Esos temores se hicieron cada vez más fuertes, sobre todo cuando observaba que el ánimo de revancha continuaba siendo un elemento muy arraigado en la cultura de violencia que ha padecido el país a través de varias generaciones. Sin embargo, seguí con la vida, reuniéndome con familiares y amigos, asistiendo a conferencias en las universidades, aceptando entrevistas en los medios, en las que hacía un llamado a la paz y el cese de la violencia. En una ocasión fui a una tertulia con jóvenes que habían perdido a sus padres, y entre ellos se encontraba un muchacho asombrosamente parecido a José Antequera, mi brillante amigo y camarada de la Juventud Comunista y uno de los líderes más destacados de la izquierda colombiana, a quien asesinaron en el aeropuerto Eldorado, de Bogotá. Me conmovió el hecho de observar que el joven que me saludaba con un abrazo era de la misma edad que tenía su padre la última vez que lo vi en Bogotá, antes de incorporarme a la guerrilla.

Con el interés de regularizar mis documentos de identidad fui entonces hasta la sede del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), para que me expidieran mi pasado judicial. Al acercarme a una de las ventanillas de trámite, la funcionaria que introdujo mi nombre en el computador levantó la mirada y enseguida dijo que esperara un momento. Al cabo de un rato llegó un hombre que me pidió que lo acompañara. Lo seguí por unas escaleras hasta subir dos o tres plantas, y al llegar a una pequeña sala ordenó a otro hombre que me esposara. Cuando el agente me puso las esposas, una especie de sombra me encegueció porque ese acto de sometimiento —del que fui objeto infinidad de veces dentro de los penales— revivió los fantasmas de la prisión. Permanecí detenido unas diez horas en los calabozos del DAS, y sólo fui puesto en libertad cuando el abogado consiguió que la Fiscalía le expidiera un paz y salvo, en el que constaba que contra mí no existía ningún tipo de requerimiento judicial, como erróneamente lo registraban los archivos de la policía. Unas semanas después me detuvieron de nuevo en un retén instalado en la vía que comunica a Bogotá con la ciudad de Tunja. En esa ocasión me bajaron de un autobús y me llevaron hasta una estación de policía con el argumento de que en los registros de esta fuerza aparecía una orden de captura contra mí. La liberación se produjo horas después cuando verificaron, a través de un radioteléfono, con la oficina central en Bogotá, que efectivamente estaba limpio. El autobús se había ido y quedé en la carretera a la espera de que alguien me llevara.Image

Estos hechos, sumados a los temores de mis amigos y familiares, aceleraron mi deseo de abandonar el territorio colombiano, porque cada vez me sentía más intranquilo e inseguro en mi propio país. Realicé entonces contactos con la Comisión Nacional de Conciliación10 y varios gobiernos extranjeros acreditados en Colombia con la finalidad de trabajar desde el exterior a favor de la reconciliación y la paz en el territorio nacional.

Veinticinco años después volví a ver el mar, y no fue justamente cerca de Barranquilla donde lo hice, sino a más de ocho mil kilómetros de allí, en Barcelona, al pie del Mediterráneo. Desde principios de los ochenta no había regresado al continente europeo, y cuando lo hice en aquel entonces, la guerra fría no permitía mirar más allá de las dos formas que prevalecían en el mundo. Esta vez me tropecé con una realidad distinta, con personas que, a pesar de sus diferencias, saben relacionarse con serenidad. Me alegró el hecho de ver departir amigablemente, en las plazoletas del barrio de La Barceloneta, a muchos ancianos que durante la guerra civil combatieron a favor de uno u otro bando, sobre la nueva plantilla del Barça, criticando la subida de los precios del aceite, el jamón y el pan, o comentando las incidencias que se vieron en el debate por televisión entre los aspirantes a presidir el gobierno. En las aulas de la Universidad Autónoma de Barcelona he sido testigo del profundo recogimiento y dolor que manifestaban un grupo de estudiantes de ciencia política —nacidos y criados en tiempos de paz— al escuchar el testimonio de una colombiana que narraba la manera como la violencia les arrebató la vida a su esposo, a su hermano y a su hijo, y por poco también se lleva la de ella. En estas tierras, nadie quiere repetir las amargas experiencias del pasado, las cuales sólo dejaron un reguero de muertos, lisiados, desaparecidos, huérfanos y encarcelados.

Espero algún día volver a pisar a Colombia, pero más que eso, aspiro a que pronto, muy pronto, los nacidos en esa enloquecida tierra podamos hallar el camino de la reconciliación y de la paz. Mientras encuentro el momento oportuno para regresar al país, mis convicciones éticas me inducen a trabajar resueltamente a favor del diálogo y la concertación en cualquier lugar de la tierra donde exista una disputa.

Badalona, verano de 2009

* Tomado de la Revista Número