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Historia del pueblo Rrom en Colombia. Crónicas de violencia sobre un pueblo invisible
“Nosotros los Rrom tenemos una sola religión: la libertad. En cambio de ella renunciamos a la riqueza, al poder, a la ciencia y a la gloria. Vivimos cada día como si fuera el último”: [Vittorio Mayer Pasquale (Spatzo)]
Reporteros de Colombia / Miércoles 26 de enero de 2011
 

Lejos de ser advenedizos o recién llegados, los Rrom (Gitanos) habitan en lo que hoy es Colombia desde la época de la dominación hispánica muchos siglos antes del establecimiento de la actual República. Originarios del norte de la India, hacia el año mil de nuestra era, los Rrom dieron inicio a una gran diáspora que aún hoy en día no concluye y que los ha diseminado por los cinco continentes.

El salto de los Rrom hacia América se dio simultáneamente a la invasión de este continente por parte de los europeos. Se ha podido establecer que Cristóbal Colón en su tercer viaje a América (1498) trajo como parte de su tripulación a cuatro Rrom —conocidos en aquella época como egiptianos o Egipcianos porque se tenía la equívoca creencia que provenían de Egipto— a quienes como sucedáneo a una prisión perpetua o a una condena a muerte segura en España se les ofreció la posibilidad de trabajar forzadamente en galeras en alguna de las naves que hacían la ruta hacia las Indias.

Desde aquellas épocas hasta el día de hoy el pueblo Rrom ha trasegado el país. En medio de ese discurrir se han encontrado de frente con el conflicto armado interno que se vive. Reporteros de Colombia, en alianza con Revista Número, quiso traer a la memoria colectiva la vivencia de un pueblo frecuentemente invisibilizado por la mayoría de los colombianos, pero que ha sufrido los efectos del conflicto armado tanto como millones de ellos.

Memoria y resistencia

El pueblo Rrom construye su memoria a partir de acontecimientos que revisten significación para su específico patrigrupo familiar. Sólo en casos excepcionales se rememora algún hecho que tuvo repercusiones en el país o el mundo para narrar su propia historia. Es por ello que para los Rrom los hitos que de alguna manera permiten una periodización de su propia historia son elementos constitutivos de su mundo cultural y familiar.

Por ejemplo un Rrom sólo dice que un hecho ocurrió hace diez años luego de recordar que este tuvo lugar algún tiempo después del abiao (boda) de su hijo menor, mientras que otro Rrom para referirse a similares acontecimientos podría tomar como referencia la realización de una Kriss o (tribunal de autoridades propias) en la que se juzgó un caso que involucró a uno de sus familiares.

Como quiera que cada patrigrupo familiar Rrom teje su historia apelando casi exclusivamente a los referentes que ha construido en el curso de su vida cultural, es recurrente que sobre un mismo acontecimiento se puedan encontrar varias historias, entre ellas la del padre que casó a su hijo y la del abuelo que participó en una Kriss.

La memoria de los Rrom es selectiva y maleable, dirigida siempre a ser funcional al eterno presente en el que viven y sueñan. Como todo pueblo nómade que no puede moverse con libertad portando elementos más allá de los realmente indispensables, los Rrom no pueden convertir su memoria en una carga adicional que les dificulte su discurrir por la vida, razón por la cual llevan en su memoria apenas lo justo para saber situarse en el aquí y en el ahora.

Al igual que lo que sucede con los recuerdos que le dan forma y contenido a su memoria, los Rrom no se pueden dar el lujo de llevar a cuestas a sus muertos ni mucho menos dejarse atar por ellos a un lugar inmóvil. Luego de surtir los rituales que manda la tradición para acompañar a sus difuntos en el tránsito de la vida terrena al más allá, los Rrom dejan atrás a sus muertos hasta el punto que nunca los visitan en sus tumbas y casi siempre evitan mencionar sus nombres en presencia de algún familiar querido y cercano puesto que esto podría llevar a la apertura de puentes entre el mundo de los vivos y de los muertos y derivar así en desequilibrios y desórdenes en el universo cultural de los Rrom.

Frente a sus muertos, los Rrom despliegan un sentimiento ambivalente que va desde el abierto temor que los invade ante la eventualidad de que sus espíritus decidan regresar para cobrar una afrenta pasada o presente, hasta el profundo respeto que se guarda por los seres entrañables de la familia.

Sobre la relación que los Rrom establecen con sus muertos dicen mucho dos cuestiones. La primera tiene que ver con que los cementerios, en la práctica, se han convertido en lugares tabú, y la segunda, en que no hay peor ofensa para un patrigrupo familiar Rrom que sus muertos sean maldecidos por la ira de un miembro de otro patrigrupo. Ambas situaciones generan conflicto en la medida en que dejan abierta la posibilidad para que los espíritus de sus muertos se movilicen y regresen a entorpecer el transcurrir normal de su vida cultural, social y económica.

Si a las particularidades de su memoria y al lugar, digamos secundario, que allí ocupan sus muertos, se añaden los arraigados temores que los Rrom sienten por las instituciones de la sociedad mayoritaria y sobre todo por la manera como los gadzhe (personas no Rrom) resuelven sus conflictos y controversias, se encuentra entonces un escenario muy hostil para que los Rrom hablen sobre los hechos violentos de que han sido víctimas en el contexto del conflicto armado interno colombiano.

El panorama no puede ser más desolador. Nos encontramos ante un protagonista colectivo que no quiere hacer más pesada su memoria con recuerdos dolorosos, que no le gusta recordar y menos hablar acerca de sus muertos y que siente que los gadzhe siempre escarban sobre sus vidas con propósitos inconfesables.

A pesar de lo anterior, a través de PRORROM, Proceso Organizativo del pueblo Rrom, se estableció contacto con algunos miembros de este pueblo, quienes aún sin dejar del todo el temor que los embarga se animaron a narrar pequeños fragmentos de sus historias; unas vividas muy de cerca, algunas escuchadas a otros Rrom de sus kumpeniyi (plural, asociación de patrigrupos familiares que tejen alianzas para convivir e incinerar conjuntamente), sobre casos en que los Rrom terminaron como víctimas del conflicto armado interno.

Un pueblo nómada que enfrenta confinamientos

Estebo, Carmenza y Yenni**, los tres Rrom que brindaron sus testimonios para que estos fragmentos de historias de violencia no se perdieran con el inexorable paso del tiempo, son coincidentes en señalar que a pesar de la invisibilidad consuetudinaria del pueblo Rrom, lo más paradójico es que el conflicto armado interno los hizo visibles y de esta manera los actores armados —tanto legales como ilegales— con la vorágine de violencia política que han desatado, terminaron a la postre afectándolo de una manera tal que no ha tenido antecedentes en su discurrir por la historia del país.

Es así como un pueblo que trasegó sin mayores contratiempos a lo largo de las múltiples guerras civiles bipartidistas que anunciaron la llegada del siglo XX, que trascendió sin dificultades las acciones armadas de “Chulavitas” y de “Pájaros” perpetradas durante la llamada época de la “Violencia” de la década de los años cincuenta, que pudo sobrellevar sin mayores problemas los momentos de surgimiento y consolidación de varias organizaciones guerrilleras y que logró en buena medida esquivar las consecuencias de las guerras del narcotráfico de mediados de los ochenta, no pudo sustraerse al escenario de terror generalizado agenciado durante varias décadas por el fenómeno del paramilitarismo del cual todavía el país no ha podido desembarazarse.

En una comunicación enviada el 25 de junio de 2006 desde la kumpania de Bogotá al señor Walter Kälin, Relator Especial de las Naciones Unidas para el Desplazamiento Interno, quien se encontraba en ese entonces de misión en Colombia, Ana Dalila Gómez Baos, Coordinadora General de PRORROM, escribía lo siguiente: “(…) a raíz del conflicto armado se configuran territorios del país en los que los Rrom ejercían sus actividades económicas tradicionales, a los cuales por miedo —ya sea derivado de factores objetivos o subjetivos— ellos ya no circulan o no lo hacen con la frecuencia e intensidad con que antes lo hacían. Esta situación ha sido asumida por algunas kumpeniyi como una suerte de confinamiento, que al impedir la movilidad ha redundado negativamente en sus actividades económicas, llevando a niveles de precarización nunca antes vistos. Paradójicamente, mientras el número de desplazados en el país ha crecido ostensiblemente de un tiempo para acá, los Rrom que por su naturaleza se desplazan de un lugar a otro, no lo han podido hacer como antaño lo hacían”.

Estebo, un conversador por excelencia que tiene las palabras precisas para describir con nitidez la realidad que vive su pueblo, ante la pregunta de cuál ha sido para los Rrom la consecuencia más directa del conflicto armado interno, medita unos momentos y luego suelta esta simple pero contundente aseveración: “se nos encogió el país”.

El fin de la kumpania de Itagüí

El viejo Frinka (65 años) era un hombre respetable no sólo en la kumpania de Itagüí donde vivía sino en otras kumpeniyi del país. Sus 65 años le daban la experiencia suficiente para contribuir a resolver los conflictos y controversias que se presentaban en su pueblo.

En 1986, en un día y mes que no pueden ser precisados por la memoria, cuando desprevenidamente Frinka cruzaba una calle cerca del barrio Santa María en Itagüí, recibió por la espalda una mortal puñalada que le causó la muerte en forma instantánea. La puñalada fue dada con tanta fuerza y certeza que le afectó el corazón. “Antes de desplomarse y caer al pavimento, ya había muerto”, dice lacónicamente su hijo Fardy.

Fardy señala además que su patrigrupo familiar fue reiteradamente amenazado para que él no siguiera indagando ante las autoridades sobre el estado y evolución de las investigaciones. Algunos Rrom piensan que estas amenazas que recibió la familia indican que detrás de este asesinato se encontraba gente poderosa, vinculada a organizaciones mafiosas.

Las amenazas surtieron efecto, dado que la familia guardó silencio, no siguió acudiendo a las autoridades y este crimen de un honorable Rrom quedó en la impunidad.

La extraña muerte de Frinka marcó el principio del fin de la kumpania de Itagüí, la cual luego de varias décadas de existencia y en su máximo esplendor, terminó disolviéndose debido a que los patrigrupos familiares que la configuraban, ante el incremento desmesurado de la violencia desatada por el Cartel de Medellín en su guerra declarada contra el Estado y temerosos por sus vidas, se vieron forzados a trasladarse a otras ciudades del país y del exterior, principalmente de Argentina, Venezuela y México. El deslazamiento de estos patrigrupos familiares Rrom que componían esta kumpania pasó desapercibido y a nadie le pareció extraño que los andariegos Rrom terminaran yéndose del lugar.

Julupe, el doblemente sobreviviente

Corría el año de 2008 cuando Julupe (38 años), vecino de la kumpania de Ciénaga de Oro (Córdoba), en momentos en que se encontraba descansando desprevenidamente en una modesta vivienda de Pueblo Nuevo (Córdoba), fue violentamente agredido por tres hombres desconocidos que ingresaron en su interior y quienes sin mediar palabra arremetieron violentamente contra él propinándole una monumental golpiza que lo dejó tirado en el piso. Creyéndolo muerto los tres victimarios abandonaron el lugar como si nada hubiera pasado.

Julupe se encontraba en Pueblo Nuevo como parte de una correría que, una semana atrás, había emprendido por toda la región haciendo lo que mejor sabía hacer: comerciar con monturas, sillas y aperos. Sus familiares cuentan que le estaba yendo tan bien en ese viaje de negocios que en poco tiempo había logrado adquirir tres pequeños solares y una motocicleta que utilizaba en sus desplazamientos.

El testimonio recogido refiere que Julupe fue señalado ante los grupos armados ilegales configurados a partir de la desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los cuales operan en amplias zonas de Córdoba, de ser parte de las redes logísticas de la insurgencia y que por esa razón se había emitido la orden de asesinarlo.

Hoy en día Julupe continúa residiendo en Ciénaga de Oro pero las secuelas de aquella golpiza de la que sobrevivió de milagro lo han dejado incapacitado por el resto de sus días para trabajar: presenta dificultades en sus movimientos y el pulmón afectado le ha desencadenado permanentes quebrantos respiratorios.

En medio de las grandes dificultades económicas por las que atraviesa su familia, pese a que las redes de reciprocidad y ayuda mutua de su kumpania se han movilizado en su favor, Julupe, ahora sobreviviendo a la vida misma, tercamente insiste en soñar pese a que su caso con seguridad quedará cubierto para siempre por la sombra de la impunidad.

Trazos de la historia de un “pueblo sin historia”

De acuerdo con el Proceso Organizativo del Pueblo Rrom (Gitano) de Colombia (PRORROM), un preliminar recorrido por la historia de los Rrom debe tener en cuenta ocho momentos claves.

En un primer momento (1492 y 1570), la corona española no sólo permitió el ingreso de Rrom a sus colonias americanas sino que llegó a pensar seriamente en que la solución al “problema Rrom” en la península Ibérica pasaba por su masiva deportación hacia las tierras “recién descubiertas”.

Un segundo momento, que se caracterizó porque la inmigración Rrom hacia América se dio de manera ilegal y clandestina (1570) a partir de la orden impartida por Felipe II prohibiendo el ingreso de los Rrom a las colonias de ultramar y exigiendo la captura y deportación masivas hacia la metrópoli de todos aquellos que en estas tierras fueran hallados.

Los Rrom, entonces, se filtraron a través de los exhaustivos controles coloniales pasando a convertirse en uno de los principales grupos poblacionales que se conocieron como “llovidos”, término utilizado en la época para referirse a los pasajeros clandestinos y a los inmigrantes irregulares que llegaban a América.

Un tercer momento de la presencia Rrom aparece asociada a la reiterativa alusión en los documentos coloniales de normas dirigidas a poner a raya a los que se denominan como “vagabundos”, los cuales con su modo de vida nómade, libre y sin ningún apego por la tierra, desafiaban permanentemente el orden colonial. Dado que en sus esfuerzos por asimilar a los Rrom a un estandarizado modelo de súbdito obediente y sumiso, la corona española proscribió hasta la utilización del etnónimo Gitano y otros similares, se puede colegir que bajo el término de “vagabundos” se escondía, entre otros grupos poblacionales, a los Rrom.

En un cuarto momento hay que tener en cuenta que el común denominador de algunas regiones de lo que hoy es Colombia fue la existencia de una variedad de “arrochelados”, es decir, de grupos afines de personas que vivían al margen del orden establecido y que con el paso de los años habían logrado configurar pequeñas sociedades alternativas al sistema de dominación imperante en la época. Entre los “arrochelados” se encontraban muchos patrigrupos familiares Rrom.

El quinto momento, alrededor de la mitad del siglo XIX, ubica el período en el cual la propia historia oral documenta que procedentes de España, más precisamente de Cataluña, y Francia llegaron a Colombia la gran mayoría de patrigrupos familiares Rrom. Los testimonios orales de los viejos Rrom confirman que en el contexto de las guerras de independencia era frecuente ver caravanas de grupos Rrom que tenían rutas establecidas a lo largo de varios países de América del Sur.

Un sexto momento clave se sucede aproximadamente entre 1821 y 1851, período durante el cual en Colombia y otros países de la región se decretaron importantes leyes orientadas a la abolición de la esclavitud, las cuales si bien aludían preferentemente a la que soportaban los afrodescendientes se extendían a la que sufrían otros pueblos en otros lugares del planeta que pudieran ingresar al país.

Sin lugar a dudas esta situación incentivó la llegada de numerosos grupos familiares Rrom, provenientes sobre todo de Rumania, los cuales ingresaban al país huyendo de la esclavitud o porque recientemente habían sido liberados y habían llegado en busca de nuevos horizontes.

El séptimo momento se puede ubicar entre 1880 y 1950 cuando los sucesivos gobiernos de Colombia promulgan distintas disposiciones legales que a la vez que buscaban promover la inmigración y el establecimiento de colonias de europeos en el país proscribían el ingreso de determinados pueblos y grupos poblacionales considerados como indeseables.

A los Rrom se les prohibió el ingreso al país, independientemente de la nacionalidad que tuvieran. Sin embargo, a pesar de estas prohibiciones y como ya lo habían hecho en otras épocas, varios grupos familiares Rrom llegaron al país algunos con la finalidad de establecerse y otros únicamente con el propósito de continuar su itinerancia hacia otros países menos racistas y mucho más tolerantes.

Un octavo momento tiene lugar en el contexto de la Segunda Guerra Mundial cuando algunos pequeños grupos familiares Rrom provenientes principalmente de Grecia, Rusia y Serbia, llegan al país para salvarse del O Porrajmos, literalmente “la devoración”, es decir, el genocidio del pueblo Rrom perpetrado por los nazis en Europa. Hasta la fecha esta ha sido la última oleada trasatlántica de patrigrupos familiares Rrom que han llegado al país.


* Reporteros de Colombia es una iniciativa de Medios para la Paz, la Pontificia Universidad Javeriana y el Cinep-Programa por la Paz. Agrupa periodistas de varias regiones del país comprometidos con el cubrimiento responsable del conflicto armado y los esfuerzos de construcción de paz en Colombia. www.reporterosdecolombia.net

** Los nombres fueron cambiados por solicitud de los entrevistados.