Agencia Prensa Rural
Mapa del sitio
Suscríbete a servicioprensarural

Territorios humanitarios
Alfredo Molano Bravo / Sábado 14 de julio de 2007
 
Manuel Quintín Lame y los líderes sindicales Ismael Gómez Alvarez, Ignacio Torres Giraldo, Juan de Dios Romero, Erasmo Valencia y Luis A. Bolívar, ca, 1927.

En una foto antigua, quizá tomada en los años 30, aparecen el indio Quintín Lame —de pelo largo hasta los hombros y corbata— y Erasmo Valencia, también de corbata. Los acompañan tres personajes de los que no doy cuenta y razón, pero que, sin duda, son también dirigentes campesinos.

Quintín Lame y Erasmo Valencia jugaron un papel histórico trascendental en la lucha por la tierra, el primero en el sur del Tolima y el norte del Cauca y el segundo en las regiones de Sumapaz y Tequendama, en Cundinamarca y el oriente del Tolima.

No es tan coincidencial que los campesinos, sometidos en estas regiones al trabajo obligatorio en las haciendas de los Rocha en Chaparral y de los Pardo Rocha en Pasca y Cabrera, se alzaran contra sus patrones del mismo apellido y con las mismas banderas: la tierra es de quien la trabaja, una consigna desprendida de la Ley 200 del 36 que consagró la función social de la propiedad.

López Pumarejo, Echandía y Gaitán fueron los artífices del cambio constitucional, pero los que lo llevaron a la práctica fueron Quintín Lame, Erasmo Valencia y otro dirigente del Sumapaz, Juan de la Cruz Varela. La pelea en esas regiones comenzó como reclamo legal, avanzó como protesta, y finalmente, después del asesinato de Gaitán, como resistencia armada. Las Farc nacerían de esa lucha y en estas regiones.

Después de varias derrotas y de varios acuerdos de paz —todos incumplidos—, los campesinos optaron por volver a las urnas y casaron una alianza con el recién creado MRL de López Michelsen que se declaraba en rebeldía contra el Frente Nacional. Hay un bello afiche en rojo y negro con la silueta poderosa de Juan de la Cruz, que dice: “Por la paz, vote por López y Varela”.

En esas elecciones Varela fue elegido a la Cámara y López sacó 600.000 votos. Se fundó entonces la Juventud del MRL, radical e impulsiva, de donde saldrían, con el correr de los días, algunos de sus miembros a fundar el Eln en San Vicente de Chucurí, donde años atrás se había alzado en armas Rafael Rangel, caudillo liberal del Magdalena Medio. La historia da muchas vueltas.

En el Magdalena Medio, el MRL construyó una sólida trinchera electoral. López Michelsen no fue sólo un contradictor, sino un rebelde que entendía muy claramente la relación íntima entre la violencia y la tierra. Durante su controvertido gobierno, contribuyó al entierro de la reforma agraria llerista —convertida en mera titulación de baldíos— y creó el programa de Desarrollo Rural Integrado, que en vano trató de paliar la crisis de la economía campesina.

En su última columna de opinión, hace ocho días, López volvió por sus fueros, texto memorable que se podría entender como un fugaz testamento político. Me impactó y casi me desconcertó su tesis, original como las de siempre: cambiemos el secuestro por tierra para los campesinos. Simple, pero al centro del asunto.

Una acusación velada a los ricos que tan bien conocía: repartan lo que tienen y evítense las consecuencias; una sugerencia a Uribe: la solución y no la imposible victoria, como le había reprochado, pasa por las reformas y no por la represión y la violencia. López era astuto. Lamento su muerte, pero más lamentaría que su afilada propuesta, que convierte el Acuerdo Humanitario en el primer paso de una negociación política de envergadura con las Farc —tierras por paz—, termine ahogada por los sufragios, las notas necrológicas, las loas y los inciensos.

El acuerdo humanitario, dejó escrito —y ojalá vuelva a poner a pensar al país— no está lejos del acuerdo territorial. Los conservadores, Uribe a la cabeza, dirán que sería el renacimiento de las repúblicas independientes, para justificar la guerra contra aspiraciones campesinas simples y posibles, vigentes desde hace medio siglo, bajo una figura legal existente: las Reservas Campesinas, verdaderos territorios humanitarios.