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Detector de metales
La situación está pulpita: campesinos, indígenas, estudiantes, obreros, desplazados, se toman las calles de Bogotá, y anuncian la creación de un nuevo movimiento de izquierda, Marcha Patriótica. De inmediato, los detectores de metales prenden las alarmas: esa es guerrilla, banda terrorista, disfrazada de chusma.
Sergio Otálora Montenegro / Sábado 28 de abril de 2012
 

El palo sí está para cucharas: nada que más emocione a estos obsesivos detectores de metales o de fierros (da lo mismo) que declarar, a voz en cuello, como si estuvieran en el primer día de la creación, que el desembarco en la capital de “perfectos idiotas” es, al mismo tiempo, la avanzada de títeres de Timochenko y compañía. Los joseobdulios y plinios disparan sus dardos envenenados que, en las regiones, se convierten en plomo de verdad, en balas asesinas. Dos caras de la misma moneda, para ser francos.

La historia es la misma. La receta está perfeccionada, en años de exterminio, ahora no es sino esperar. Los generales ya hablaron, lo mismo que los supuestos desmovilizados. Hay documentos que lo comprueban: “de nuevo” las armas de los terroristas infiltran la supuesta “protesta social”. Se prepara el ataque, o, mejor, se ahonda. Las águilas negras ya deben estar volando bajo, sus secuaces han convertido en blanco mortal a quienes están reclamando, al socaire de la Ley de victimas y restitución de tierras, sus propiedades usurpadas.

A estos intelectuales orgánicos de la antidemocracia (orgánicos porque están amarrados al cuerpo podrido de la llamada en otros tiempos “doctrina de la seguridad nacional”) les importa una higa el pasado inmediato, las masacres de los finales de los ochenta, los asesinatos selectivos, la tragedia que ha enlutado a este país durante décadas. No les quita el sueño que sus palabras sean el argumento con el que, los paramilitares, y los militares (a veces es difícil separarlos) han justificado sus crímenes: líderes sindicales, campesinos, periodistas, jueces, eso es un mismo costalado de cómplices de la subversión. Y en una guerra, no hay más alternativa que liquidarlos. Empiezan por estigmatizarlos en prensa, radio, televisión e internet, día y noche; después hacen “denuncias” espectaculares que “demuestran” el plan siniestro entre el bandidaje y los líderes cívicos. La conspiración entre malhechores y administradores de justicia.

Y cuando sucede lo que estaba cantado; cuando el sicario o el escuadrón de la muerte aprieta el gatillo, entonces esos pulcros detectores de metales, se desdoblan: mientras tratan de exculpar y disculpar a los asesinos o a sus cómplices, al mismo tiempo explican el genocidio como “ajuste de cuentas entre bandas”, resultado de la “nefasta combinación de todas las formas de lucha”, producto de la pelea entre “narcos y Farc”, que es la teoría del gusto de José Obdulio para justificar el martirio de la Unión Patriótica.

Dicen que Colombia es una democracia vibrante, que hay espacio para todo el mundo, que ahora sí la libertad ha llegado, no es sino ver a Gustavo Petro ponerse de ruana la alcaldía de Bogotá. Esa es la prueba reina de que los tiempos son otros.
Pero, al mismo tiempo, le pedirán a la Marcha Patriótica que declare, las veces que sean necesarias, que condena la lucha armada. Y sus dirigentes lo harán una y otra vez, por todos los medios. Pero no será suficiente. Seguirán el hostigamiento simbólico y real. Los plinios y joseobdulios seguirán llenando páginas enteras con su letanía. En una democracia de verdad, sus palabras se las llevaría el viento. Pero en esta Colombia “renovada”, se las lleva el primer asesino con su fierro a discreción.

Me duele en el alma registrar que esto parece 1987 o 1990, que seguimos en el mismo camino de siempre. Pero soy iluso: ojalá Santos honre su palabra y de verdad haga respetar el pluralismo político y la legítima protesta social.