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El derecho a no estar de acuerdo
Jorge Montenegro / Domingo 21 de octubre de 2007
 

A medida que pasan los años parece que los derechos humanos están bellamente enmarcados y guardados en las bibliotecas, pues los gobiernos no quieren saber de ellos. Y un ejemplo de ello ha sido el gobierno de Álvaro Uribe Vélez, que desde inicios de su mandato ha insistido en el silenciamiento de quienes no pensamos como él ni compartimos sus planteamientos guerreristas.

Pero esta táctica no es nueva, como lo afirman los crímenes de Estado cometidos contra los líderes populares. A ningún “jefe” le conviene sentarse a la mesa para discutir con quienes piensan diferente de él. Lo más fácil es callarlos para siempre o, como sucede en nuestros días, hacerles terrorismo mediático.

La intolerancia del actual mandatario ha tocado unos extremos bárbaros, dictatoriales, podríamos decir, pues con toda ligereza –y tal vez con toda la intención del caso– va estigmatizando de terroristas vestidos de civil y apátridas a quienes se atreven a criticar sus cifras o sus alocuciones. Pareciera que en nombre de Dios él tuviera toda la verdad y los demás estuviéramos condenados a decir simplemente “Sí, señor. Hágase en nosotros según tu palabra”.

La voz de los campesinos, de los indígenas, de los afrodescendientes y de los demás grupos minoritarios que afrontan en carne propia el horror de la guerra no tienen ni voz ni voto –aunque estamos ad portas de elecciones–, están condenados a decir sí, eternamente sí, a sufrir por dentro sin poder hablar ni exponer con razones su justos reclamos. Es el colmo en un país que “respeta todos los derechos humanos”, entre ellos el de libre expresión. Estamos como en tiempos del imperio romano, cuando todos tenían que jurar fidelidad al emperador sin atreverse a chistar ni una palabra.

Es incomprensible que en pleno siglo XXI, en la era de las comunicaciones, unos pocos se sigan sintiendo con el poder y la autoridad para decir verdades únicas e incontrovertibles. A todos los que opinamos de manera diversa a la clase dirigente y a quienes sufren las consecuencias de la testarudez dogmática nos queda el reto de seguir hablando, aun a riesgo de que nos quiten de raíz toda libertad.