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Escribir para sanar
Daniel Chaparro y Erik Arellana son hijos de Julio Daniel Chaparro, periodista de El Espectador y Nidia Érica Bautista, militante del M-19; él asesinado, ella, desaparecida
Alfredo Molano Jimeno, Santiago La Rotta / Lunes 21 de mayo de 2012
 

Daniel Chaparro se internó en el archivo para encontrar a su padre, asesinado en una calle de Segovia, Antioquia. Su voz estaba deshilvanada, perdida entre líneas ya secas sobre papeles remotos. La memoria se hizo verso. Poesía para pelear contra los días, el olvido y la impunidad.

Érik Arellana encontró a su madre a través de un poema; ella, perdida en el hueco de los desaparecidos de una violencia eterna que brota como agua bajo el musgo. Palabras para contar un reencuentro, para sanar una ausencia.

Recordar para vivir. Recordar para seguir. No se trata de la búsqueda angustiante. No es una cacería del pasado. Es más un ejercicio de liberación, la catarsis por los cumpleaños que no fueron, todos los abrazos perdidos.

“Creo que un poco la experiencia de la memoria, de traer el pasado al presente, para nosotros es como un acto de necesidad. Lo hacemos, como hablamos con Daniel, para alejarnos de los procesos judiciales. Lo que queremos es hacer un homenaje a la vida y sacar estos casos del escenario del crimen”, dice Érik.

“Es un ejercicio para desjudicializar la memoria. Eso es clave. Uno se siente agobiado hablando en términos judiciales, en un lenguaje que muchas veces ni siquiera entiende. La posibilidad que nosotros encontramos es hablar de una persona o, como dice Érik, de la vida, no sólo del hecho trágico de la muerte. Para encontrar a mi papá me ha tocado ir al archivo y así buscar al poeta y al periodista. Esta labor me ha permitido llenar de sentido la figura frágil que tengo de quién era mi papá y su voz la he recogido más nítida a través de la poesía”, completa Daniel.

E.A.: “Hacer este libro era un compromiso personal. El primer poema que recuerdo haber escrito fue a mi madre cuando estaba en la clandestinidad. En este le pedía que regresara a casa y que estuviera conmigo. Ella vuelve y tres meses después, tiempo que le pedí para que se quedara a mi primera comunión, es cuando desaparece. El libro también funciona como una invitación para hacer esos tránsitos por la violencia, y por eso el título: contar lo que hemos presenciado, partiendo de lo personal, para dimensionar lo social. En últimas, estos poemas salen porque, en 27 años, nada ha cambiado”.

D.C.: “Para mí el proceso de acercarme a mi papá ha sido una necesidad para conocerlo. Básicamente eso. Cuando a él lo mataron yo era niño y los recuerdos que tengo son muy escasos. En mi familia se hablaba de él, por supuesto, y en las paredes de la casa había fotos de él, pero esta figura, construida de esa forma, no tenía un contenido. Durante mucho tiempo no tuve el coraje de acercarme a su trabajo, a sus apuestas. El lanzamiento del libro con sus poemas se realizó el 14 de abril, día en que se cumplirían 50 años del nacimiento de mi papá. La idea era celebrar el nacimiento y no seguir haciéndole homenajes a su muerte. Esto, creo, dice muy claro cuál es el sentido de la publicación”.

Cantar la ruina: “no, ya no hay país / no existe un solo pueblo que no lamente sus muertos (…) apenas si musitamos las respuestas: / la muerte es toda la palabra que tenemos / es esa dura pelambre que tememos hasta en sueños”.

E.A.: “Para mí el sentido de la poesía es que reúne unas cualidades que son únicas. Es pasión y placer. No tiene los límites que podría presentarme otro género. Habla de algo esencial en mí que es el compromiso con la vida; me mueve profundamente por la luz que representa por su infinidad”.

D.C.: “El año pasado se cumplieron 20 años del asesinato de mi papá, junto con Jorge Torres, quien era el reportero gráfico que lo acompañaba, y uno está en ese momento sintiéndose atropellado porque uno demanda, mucho más que castigo a los culpables, que se sepa la verdad de los hechos; 20 años en los que la justicia colombiana no hizo un carajo. Y sí, uno elabora un duelo. Pero hacer este libro es otra cosa, un ejercicio completamente distinto: acá uno se acerca mucho más a las personas y deja de hablar de ‘el caso’”.

Cantar la muerte: “El dolo, / duele y brota / el cronista aquel de sonriente verso / de relatos refundidos en escasas bibliotecas / yo lo he visto esquivando balas perdidas / y cuerpos impactados (…) Los he visto caídos / desterrados, despedidos / incluso aterrorizados / torturados, encarcelados / varios metros bajo tierra / muchos kilómetros alejados por la guerra / Periodista”.

E.A.: “Con estos libros hemos logrado no pasar los días con el dedo en la llaga. Esto, aunque tiene que ver con la herida, no sólo trata con el dolor. A mí me da una profunda alegría tener el libro de Daniel Chaparro en las manos, por ejemplo. Se siente como estar cruzando un umbral y romper la impunidad. Hemos dado un paso. Me parece muy emotivo que lo estemos haciendo de esta manera y no al lado de un estrado tratando de buscar unos culpables que nunca van a poner la cara para decir qué hicieron”.

D.C.: “Ahora, hay unos derechos al olvido que son individuales, pero que igual uno tiene que matizar a nivel social. Esta sociedad está muy ceñida a ciertas órdenes para borrar algunos pasados y por eso es que hay que hacer un deber de memoria más que de olvido. Cuando seamos una sociedad que sí esté reconociendo esos pasados, ahí sí olvidemos. La cosa es que acá se habla de pasar y pasar las páginas antes de llenarlas”.

E.A.: “Hay un poco de olvido y memoria en la sanación. La cosa es que uno está metido en una dictadura del olvido. Insistimos en traer el pasado, en dejar múltiples huellas de él, para que este no se repita. Pero sí creo que debemos olvidar. No podemos cargar con todo. No somos ‘Funes, el memorioso’”.

D.C.: “Lo que más lamento del asesinato de mi padre es que no dejaron madurar a ese poeta que estaba ahí: él era periodista, pero en el fondo era poeta. El más atroz de los crímenes, lo que no puedo perdonarles a los victimarios es que hayan asesinado a un joven poeta”.

Muchas veces*

En esta mañana, soleada y gris,

en el día de hoy,

quiso la vida volver a reunirnos,

quiere la vida que nos reencontremos

y celebremos nuevamente el rito

de despedir a nuestros muertos

después de querer hacernos creer que hemos perdido,

o provocar en nosotros dudas y temores,

aquí estamos de nuevo,

recordando abrazos amarrados a nuestro ser.

Varias veces me preguntaron,

¿qué sucedió con ella?

con mi madre,

con Nidia Érica Bautista, con La Negra,

con mi Yiya.

Y tantas otras imaginé lo que pudo ser el final

de una mujer

que quedó extendida en el borde de un camino

con la mirada apagada por un cañonazo.

En el borde de un precipicio

que pudo borrar toda su vida y parte de las nuestras,

fueron halladas las prendas

de un cuerpo que no respiraba más.

Así pudo concluir su cuento

o así empezaba uno no menos triste;

ya saben,

el cuento de los dinosaurios que desaparecen,

de hombres y mujeres que no regresan,

de niños que preguntan por el paradero de sus madres...

de hermanas que no concilian más el sueño,

o de abuelas y de abuelos

que guarecidos de otras miradas

se reprochan el dolor sentido.

Sólo que en esos cuentos olvidaron mencionar

qué aconteció primero que el dolor y la muerte

la angustia y tanta, tanta desesperación.

Yo vengo a ofrecer mi corazón.

El mismo que desgarró

al sentir que la había perdido para siempre,

un corazón de elefante,

que no asistió a la reunión impuesta por el olvido,

y prefirió marcharse al exilio.

* Erik Arellana


Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle*

Si una noche cualquiera me encuentran muerto en una calle

y ven en mi boca repleta de insectos rabiosos

trabajando en mi lengua

no me sufran:

habrá sucedido que caí antes de escuchar el balbuceo

de mi hijo

hecho una lluvia de madres desnudas sobre mi corazón

con sus manos alzadas como nubes.

Piensen en mí y recuérdenme cantando

o recuerden mis pasos detenidos junto al piano

cuando hablaba de mi madre

bella y triste como un árbol

como una huella de pájaros.

Si siente mi hedor una mañana

y deben evitarlo huyendo de mi carne

con las manos acariciando el rincón de sus caras

sepan que lo entiendo

e imagínenme en los días felices de mi cuerpo sólo playa

y no sientan mi podredumbre como aviso de los dioses

y no vean en el pétalo fucsia de mi sangre

la reinvención de un cielo de gaviotas o del llanto.

Amigos, mis amigos

si me ven muerto a la entrada de una calle

seguramente vestido de azul hasta en las uñas

y sonriendo acaso revestido de cenizas como un ángel

piensen que he vivido

recuerden la joven figura ebria de los patios

mis veintitrés años que levanté danzando

mi público sueño de eco de agua que se pierde

y no me lloren, no me giman siquiera:

pienso que detendrán el sol que tendré entonces

en mitad del pecho

persistiendo tercamente en la última calle de esa tarde

sobre la Tierra.

*Julio Daniel Chaparro


NYDIA ÉRIKA BAUTISTA

Nydia Érika Bautista fue militante del M-19 desde los primeros años de los 80. El 30 de agosto de 1987 fue desaparecida a la salida de su casa en el barrio Casablanca, en Bogotá. Testigos afirman que fue llevada por hombres vestidos de civil que la obligaron a subirse en un campero. Durante tres años su familia no volvió a saber de ella, a pesar de buscarla incansablemente. Las posteriores investigaciones de la Procuraduría General de la Nación apuntan a que en la operación en la que Nydia Érika desapareció participaron hombres que pertenecían a la Brigada XX de inteligencia militar del Ejército Nacional. El 26 de julio de 1990, información de un sargento adscrito a dicha brigada condujo a los restos de Nydia Érika, quien se encontraba en el cementerio de Guayabetal. El caso de esta militante del M-19 no ha sido esclarecido plenamente por la justicia. Sus familiares desde entonces erigieron una fundación que lleva su nombre y se han dedicado a defender el cumplimiento de los derechos humanos. La organización es presidida por Yaneth Bautista, hermana de Érika, con el acompañamiento de los hijos y amigos de la desaparecida. Sin embargo, el caso aún persiste en la impunidad, a pesar de los avances de la justicia en la recolección de pruebas que involucran a miembros de la Fuerza Pública en la desaparición.

JULIO DANIEL CHAPARRO

Julio Daniel Chaparro nació en Sogamoso, Boyacá, el 14 de abril de 1962. Desde joven estuvo vinculado a las causas sociales. Estudió Lingüística y Literatura en la Universidad de la Sabana. Participó de la Juventud Comunista y fue cercano al proceso político de la Unión Patriótica. Su trabajo periodístico se inició en Villavicencio, donde trabajó en varias emisoras regionales. En 1990 ingresó a El Espectador, donde sobresalió por la sensibilidad de sus reportajes y crónicas. En la noche del 24 de julio de 1991, Chaparro y Jorge Enrique Torres, quien era fotógrafo, fueron asesinados en el municipio de Segovia, Antioquia, adonde habían llegado a realizar un reportaje sobre la historia de la violencia en la región. El caso de estos dos periodista se ha mantenido por más de 20 años en la total impunidad. Desde junio de 2000 el expediente ha permanecido en el despacho del fiscal Gustavo Adolfo Reyes, quien incluso expidió una resolución inhibitoria en el expediente del caso Chaparro y Torres, aduciendo que éstos no habían muerto en razón de su oficio, sino por una coincidencia fatal.

DOS DÉCADAS DE VIOLENCIA

Tanto la década de los 80 como la de los noventa fueron para Colombia tiempos en los que la violencia arremetió sin consideración. El asesinato de miles de colombianos en razón de las causas ideológicas que defendían o el oficio que desempeñaron pasarán a la historia negra del país. La Fiscalía General de la Nación ha establecido que serían 61.604 las personas registradas como desaparecidas en todo el país.

Colombia es uno de los países con más desaparecidos en el mundo, y en este trágico episodio se inscribe la historia de Nydia Érika Bautista.

El caso de los defensores de derechos humanos y de periodistas no es mucho mejor. Cientos han sido los muertos en razón de su oficio. Quizás uno de los más emblemáticos es el asesinato del director de El Espectador Guillermo Cano, cometido por el cartel de Medellín. Este es el capítulo histórico que le corresponde a Julio Daniel Chaparro, también reportero de éste medio y quien fuera vilmente asesinado en una calle cualquiera de Segovia, Antioquia. Tanto Nydia Érika Bautista como Chaparro pertenecen a un mismo capítulo histórico, a lo sumo en distintas páginas, pero ambos casos sufren una misma realidad: la impunidad.