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El lado B del discurso de Piedad Córdoba
Carlos Cortés Castillo / Viernes 27 de julio de 2012
 

La noticia del discurso de Piedad Córdoba no es lo que se lee en los periódicos o lo que muestran los noticieros. Tampoco es lo que dicen las declaraciones oficiales, que al final son lo mismo que dicen los periódicos y los noticieros. La noticia es lo que no sale ahí y que no salga ahí: esos puntos suspensivos, el cortar y pegar del editor. La verdadera noticia es el lado B del disco.

El video de Piedad Córdoba dura 26 minutos. En los noticieros vemos uno, dos, máximo tres minutos (como dice Luis Carlos Vélez,“el tiempo es corto en televisor”). ¿Qué dijo Córdoba en los 20 restantes? Pues dijo lo que realmente dijo.

Lo invito a que haga el siguiente ejercicio resumido de reportería: además de lo que ya oyó del discurso, oiga estos apartes extraídos del video (o, si tiene tiempo, vea el video completo). Y mientras lo hace, piense cómo escribiría usted esta noticia si fuera periodista. Por un rato, saque a Córdoba de la hoguera.

Si a estas alturas lo único que usted tiene en la cabeza es que no está de acuerdo con ella, o que ojalá se encuentre un día en el aeropuerto a esa guerrillera, repita el ejercicio porque no lo ha entendido. Y si a estas alturas diría que la noticia sigue siendo que Córdoba incitó a los indígenas contra el Ejército, se acaba de saltar los audios (y está listo para trabajar en Cablenoticias).

Otro tema. El discurso de Piedad Córdoba no es un delito. No es injuria ni calumnia porque las instituciones estatales no tienen buen nombre (no lo tienen en la práctica, mucho menos en teoría). Tampoco es instigación a la guerra o al terrorismo, donde tiene que haber una actuación precisa y directa encaminada a que se cometa un acto violento o a que se genere zozobra o terror. Pero, sobre todo, no es un delito porque no es sobre eso. El discurso de ella –y lo que ella representa– es una realidad política.

Criticar al Ejército o arengar una multitud es legal. Es legal en un club en la capital y es legal en las montañas del Cauca. La diferencia es que el discurso en la capital nos parece civilizado y seguro, mientras que el de las montañas es salvaje y asusta. Gritar “justicia” acá está bien, pero allá no. Creemos que la libertad de expresión en Bogotá, Medellín o Cali es democracia, pero entre campesinos e indígenas del Cauca es insurrección pura.