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PDA: Entre la izquierda y la derechización de sus prácticas
El compromiso de la izquierda, como compromiso ético (Reflexiones a proposito de los intentos de purga interna)
Fuerza Común / Domingo 12 de agosto de 2012
 

¿Qué entendemos por izquierda? La izquierda fundamentalmente no se entiende como un proceso ideológico y mucho menos se reduce a un sistema de creencias, sino que hace referencia a una actitud vital ante la sociedad. La vigencia de las izquierdas políticas depende de los contextos históricos y varía dependiendo los intereses de los grupos que las sustentan. Las ideologías y los proyectos doctrinarios revolucionarios o reformistas cambian y se enfrentan. Pero su sustrato consiste en una disrupción ante la realidad social existente que da lugar a unas prácticas transformadoras y emancipatorias.

El proyecto de la izquierda consiste en la negación de un orden dado y la proyección de otro que se pretende más racional y humano. Pero no se reduce a la negación o a la acción en el margen como reacción a la dominación, sino que deriva su fuerza y potencia de la afirmación de las formas de vida de los pueblos que llevan a la construcción del buen vivir y de la justicia social.

La izquierda es definida por una actitud y una práctica a su vez emancipadora y transformadora. Lo que da sentido a la entrega de tantos hombres y mujeres, e incluso llega a explicar por qué muchos sacrifican sus vidas por una causa social, no es precisamente una doctrina científica o ideológica. Un ejemplo reciente son las luchas de los pueblos indígenas del Cauca por su territorio y su dignidad. Esta energía constituye una pasión y una esperanza, la indignación por la estupidez y la injusticia; la urgencia de reconstruir la convivencia social y una sociedad más solidaria y fraterna. Mientras tanto la izquierda llamada democrática, ilustrada e ideológicamente orientada concentra sus preocupaciones en los procesos electorales, en la diplomacia nacional e internacional y en las disputas internas por el poder, como si las reivindicaciones y la defensa de los derechos de los pueblos a través de la movilización social fuese un hecho menor e incluso ajeno a sus agendas políticas.

La izquierda es prudente frente a las selecciones doctrinarias. Ella es consciente que las doctrinas políticas pueden tener una función disruptiva en determinadas circunstancias y una función de dominación en otras. El liberalismo fue disruptor y revolucionario frente a las condiciones específicas que le dieron origen como el absolutismo y la monarquía, y conservador para servir como justificación del individualismo y la racionalidad instrumental, sustento ideológicos del desarrollo capitalista. El marxismo – leninismo constituyo la más poderosa resistencia contra la explotación capitalista, para convertirse posteriormente en una herramienta de una clase burocrática opresiva. Los socialismos reformistas lograron transformar el capitalismo salvaje y a ultranza en un modelo de Estado de Bienestar más justo y socialmente comprometido en la lucha contra las desigualdades sociales y la equidad, pero posteriormente, en algunos casos, actuó incluso como cómplice de un sistema basado en el autoritarismo y la dominación. El neoliberalismo se presenta como un modelo de crecimiento económico y de política ecológica (capitalismo verde) basados en el emprendimiento privado que busca generar la riqueza necesaria para alcanzar a todos los sectores sociales a través de la lógica del derrame o goteo. Este modelo en realidad enmascara y profundiza en la reproducción de las relaciones de subordinación, desigualdad e injusticia social donde las formas de vida y las economías locales, regionales y nacionales se hayan supeditadas a los intereses de las elites nacionales y del mercado global.

La izquierda no se inscribe en una orientación ideológica específica, porque no es una explicación del mundo frente a la cual se puede creer o no, como si se tratara de un acto de fe, sino de una decisión frente al mundo. No se trata de retórica para explicar una acción sino de una postura ética que acude para justificar una reflexión teórica.

Así, la confusión frecuente de la izquierda con una exclusiva doctrina ideológica constituye la causa principal de su perversión. Quien se aparte de la doctrina oficial y del credo, según los entendidos y portavoces de la verdad, será catalogado de traidor, esquirol, transfuga o reaccionario. De donde se deriva la fragmentación, el sectarismo y la intolerancia.

Por el contrario, La izquierda podría definirse, como lo plantea Luis Villoro, “Por la actitud y la práctica sociales orientadas por la proyección de una sociedad otra. Por eso una postura de izquierda es necesariamente critica en la reflexión, disruptiva en la acción.”

La izquierda es entonces un posicionamiento ético frente a la dominación. Pero puede eventualmente verse inserta en una paradoja. Cuando deja de ser oposición y llega a una postura política en que puede imponer su criterio y poder, su gobierno solo tendría sentido si se ejerce para contribuir a hacer desaparecer las estructuras y condiciones de dominación y no para perpetuar su reproducción.

Los casos de los hermanos Moreno Rojas, Rojas Birry, Jesús Bernal Amorocho, Edgar Riveros, entre otros, sobre los cuales cursan sendas investigaciones judiciales, disciplinarias y éticas, nos muestran que si la izquierda acaba ejerciendo otro poder impositivo, o si reproduce las prácticas perversas de la derecha, es decir, de dominación: corrupción, tráfico de influencias, autoritarismo, despojo, clientelismo, etc., y si olvida su vocación emancipadora y disidente se traiciona a sí misma y deja de ser izquierda.

Otro caso, es el de los hermanos Suarez Montaño en Flandes, Tolima, quienes apoyaron las candidaturas al senado de Juan Lozano y a la Presidencia de Juan Manuel Santos. Mucho más extremo y preocupante es el reciente respaldo de un sector del MOIR liderado por Carlos Valverde y Eberto López Machado, ex presidente del Sindicato de Telecom, a la extrema derecha, para la conformación del Frente Antiterrorista liderado por Álvaro Uribe Vélez. Las alianzas entre la izquierda y la derecha realizadas de esta manera, terminan indicando que quienes las llevaron a cabo, o nunca fueron de izquierda, de un lado, o simplemente, que es el comienzo de la derechización de la misma, de otro. Y cabe preguntarse entonces, si en la izquierda no existen sectores privilegiados, cuando los sectores que respaldaron la derechización de la izquierda siguen manejando el movimiento político, este movimiento político sigue siendo de izquierda?

En ese sentido se puede afirmar que la izquierda es una actitud colectiva contra la dominación. En otras palabras, es de izquierda toda actitud que contribuya a la no dominación, en la medida en que se encuentra al servicio de la transformación social. Para que esta actitud de transformación social sea posible debe tener en cuenta a quienes padecen directamente las situaciones de dominación e injusticia social, y quienes, por lo tanto, pretenden afirmar sus formas de vida como potencial emancipatorio, no solo como ideal, sino, mucho más allá, como posibilidad. La izquierda no reduce sus posibilidades a la oposición a la dominación so pena de que sus acciones se vean limitadas por el mismo dominador. La acción política de la izquierda no se ubica en el margen de lo que la misma dominación permite. La acción política de izquierda se ubica en el centro y es una afirmación original de vida, justicia y dignidad de los pueblos como posibilidades de emancipación y transformación social.

La acción política de izquierda tampoco se limita a la participación electoral, ni al whisky o al caviar, ni a los cargos uninominales o en corporaciones públicas, ni en las oficinas, ni en los salones de clase; la acción política de izquierda se ubica fundamentalmente en las calles, en las fábricas, en los hospitales, en los colegios y universidades, en las ciudades y en los campos. La acción política de izquierda se construye con los campesinos, indígenas, negritudes, trabajadores, mujeres, jóvenes, etc., a través de la creación de alternativas reales hombro a hombro, del fortalecimiento organizativo y de la movilización con todos los sectores excluidos de la vida social y política.

Un programa de acción de izquierda para que pueda calificarse de tal debe oponer al poder entendido como dominación, un poder derivado de las reivindicaciones de todos aquellos sectores que la padecen. Esta acción es múltiple, heterogénea y plural en la medida en que es la expresión de todos los intereses encontrados. No hay cabida para una clase o sector privilegiado, no hay vanguardia revolucionaria y no se reduce a una ideología particular excluyente de otras. Porque cuando esto sucede, ¿qué garantiza la Unidad? ¿Quién garantiza que no se convierta en un movimiento autoritario, excluyente, clientelista y persecutor? ¿Quién garantiza que este movimiento no se mueva por intereses particulares en olvido y menosprecio de los colectivos? Qué garantiza que los móviles que lo inspiran sean de izquierda? Un movimiento con estas características sería solamente presa de su propia tragedia: su derechización.

Para ello vale la pena recordar lo que dice Adolfo Sánchez Vásquez: “La izquierda tampoco puede admitir ciertas prácticas que desarman moralmente a los militantes y ciudadanos, debilitando sus convicciones y su confianza en los principios y valores asumidos, con lo cual también se afecta negativamente su participación activa en la vida política. Tales son las prácticas ya mencionadas del pragmatismo y eficientismo, por un lado, y las del dogmatismo y sectarismo por otro. Mientras en las primeras solo tienen ojos para los resultados inmediatos o para la eficacia de los medios, las segundas solo miran a la “pureza” de los de los principios, las segundas solo miran a la pureza de los principios que inspiran sus acciones, desatendiéndose de sus consecuencias. Y a estas prácticas que, a cercano o mediano plazo, reducen la efectividad de la política, hay que agregar las prácticas, no menos negativas, del burocratismo y del caudillismo.”

“Este ‘Eficientismo’, ‘pragmatismo’, o ‘realismo’, propio de la política burguesa, no puede ser practicado por la izquierda, pues está no debe aceptar cualquier resultado, si éste se alcanza con medios que entran en contradicción con sus principios y valores.”

Un movimiento político es de izquierda en la medida en que todos los sectores comparten, pese a su diversidad y multiplicidad, la intención de liberarse de su estado dominado y todos levantan a la par sus voces en contra de las, a su vez, múltiples formas o dispositivos de dominación. La izquierda está constituida entonces por las fuerzas unidas como poder, afirmación de la vida, la justicia y la dignidad. La izquierda es entonces un pulso de vida, un movimiento permanente, que va de una situación de dominación, a otra percibida como impulso emancipatorio y afirmación.

Afirmamos con Luis Villoro, que para que todo lo anterior sea posible, “un programa de izquierda plural propondría principios comunes, regulativos de acción coordinada, que admitiría una multiplicidad de maneras de concebirlos según la perspectiva y la situación de cada grupo. Serían ideas fuerza capaces de regular y orientar el comportamiento social, indicadores que señalan una meta común a las distintas reivindicaciones de los diferentes grupos.” Serían así enunciados de valores sociales objetivos sobre la base de los cuales, en cada situación, se trazarían acciones colectivas en consideración a las formas de la dominación y a la pluralidad de fuerzas en afirmación como poder, articuladas en clave de reconocimiento de las diferencias y potencialidades. La afirmación del reconocimiento reciproco con el otro, es el eje articulador para enfrentar la violencia y no sucumbir a la misma como venganza. El reconocimiento del otro, basado en una ética política de la alteridad, como proyecto de izquierda, sería el hecho manifiesto que pondría fin a la dominación de unos pueblos sobre otros.

La izquierda es una elección de vida. Incluso si en determinadas circunstancias se aceptan presupuestos teóricos o doctrinarios, en todo caso, esta actitud está motivada por la proyección de valores objetivos tendientes a satisfacer intereses vitales. Lo que caracteriza a la izquierda no es su capacidad para dar cuenta de un posicionamiento ideológico, sino todo lo contrario, su criterio para justificar racionalmente o no, una praxis o un comportamiento emancipador, lo cual implica un posicionamiento ético - político.

Los retos de la izquierda y la necesidad de la ética política

La izquierda en Colombia tiene entre sus compromisos afrontar la insensibilidad del sistema de la economía de mercado frente a sus costos externos, frente a los costos que desvía hacia sus entornos naturales y sociales, sembrando siempre entre la sociedad, la sensación de un crecimiento económico caracterizado por sus disparidades y marginaciones en el interior, con involuciones económicas, políticas y sociales, es decir, condiciones bárbaras de vida, con expropiaciones culturales, con las catástrofes que el hambre provoca y con los riesgos que para todo el conjunto representa la sobrecarga a que se ven sujetos todos los ciclos de la naturaleza. Se produce un enconado conflicto entre los principios y las prácticas de la izquierda frente a los costos que genera el modelo capitalista sobre la naturaleza, el desempleo, el uso de la violencia, la precarización de las formas de vida, la exclusión y la desigualdad social.

La realidad contemporánea mundial y colombiana presenta formas inéditas de dominación, explotación y alienación que parecen alejarnos más que nunca de una perspectiva de izquierda solidaria. La hegemonía incondicional de la globalización neoliberal, el creciente predominio económico de los interese financieros a nivel global, el debilitamiento y destrucción del espacio público por la creciente influencia de los centros globales, la agravación de la pobreza y el desempleo, con todos sus efectos sobre salud, la educación, la vivienda y el bienestar general de las personas, el progresivo estrechamiento de los horizontes de sentido en las sociedades capitalistas y la producción uniformizada de opinión con unos medios de comunicación cada vez más tendenciosos y desinformantes, o donde la información es manipulada como mercancía, afectan crecientemente la posibilidad humana no solo de vivir una vida buena sino también para muchos de sobrevivir. En Colombia se ha de adicionar la agudización y perpetuación del conflicto armado, la tendencia creciente a la criminalización de la protesta social y la disidencia presentándolas como terrorismo, la impunidad y la limitación de la justicia, la legitimación y connivencia de congresistas con el paramilitarismo, el narcotráfico, el capitalismo global y las reformas constitucionales amañadas para garantizar la seguridad jurídica a los proyectos extractivistas y destructores de la naturaleza y el medio ambiente, el creciente desplazamiento de los pueblos de sus territorios a causa de la violencia en la mayoría de los casos auspiciada por la misma institucionalidad y el capital extranjero, la discriminación y la violencia contra la mujer, los pueblos indígenas, afrodescendientes y homosexuales, así como la ambigüedad de alternativas de cambio propuestas por coaliciones de partidos que no logran desprenderse de las lógicas particularistas, sectarias y oportunistas que niegan la posibilidad de crear nuevas formas de hacer política.

La disputa desde la izquierda debe versar sobre la realización de objetivos comunes, o al menos, de objetivos sobre los que retóricamente todos podrían converger o ponerse mínimamente de acuerdo. Este compromiso social y ético no tendrá un desenlace favorable hasta que no se consiga la igualdad de derechos particularmente de comunidades marginadas, campesinas y mujeres, y no se ponga fin a la dinámica de la destrucción de los mundos de la vida y la naturaleza.

Las acciones políticas de izquierda requieren de la guía de principios éticos que las encaminen por la vía del compromiso social y la responsabilidad. En efecto, la resolución de conflictos y la satisfacción de la pluralidad de intereses comunes, por parte de los miembros de una colectividad política, particularmente de quienes deliberan sobre los asuntos públicos o quienes ejecutan las decisiones a nombre de la sociedad, es difícil de alcanzar si se carece de un horizonte ético de izquierda comprometido y responsable con los interés que representa.

La ética política implica, en esa medida, como resultado el bien común o bien para la comunidad, entendido como el conjunto de condiciones de vida con los cuales los seres humanos, familias y asociaciones pueden alcanzar la plenitud, o en otros términos, la felicidad. La asociación política es una de las formas como los seres humanos buscan la consolidación de un modelo social que les brinde mayores oportunidades para alcanzar lo justo, esto es, el bien común, el Buen Vivir.

El bien común es el bien de las personas en cuanto se encuentran abiertas recíprocamente a la realización de un proyecto plural pero unificador que beneficia a todos. La noción de Buen Vivir asume la realidad del bien personal y la del proyecto social en la medida en que las dos forman una unidad de convergencia: la comunidad. En esos términos, el Buen Vivir, mediado por una praxis ético política, es el bien de la comunidad.

Justamente, la preocupación ética de la izquierda por la sociedad no implica olvidarse de la subjetividad como verdadera, social y concreta. Significa que frente a las lógicas anónimas del capital, la emancipación social no debe ir separada de la emancipación de la subjetividad, y debe concretarse en la creación de modos de vida alternativos, es decir, de nuevos modelos de vida intersubjetivos e intersociales. No puede haber transformación social verdadera si no se transforma sustancialmente la manera de vivir y no se asumen los compromisos sociales y políticos que la acción política implica para que dicha transformación social sea posible. La ética política no se circunscribe solamente a la concepción de un mundo ideal mediado por la fijación previa de fines, sino que, orientada por una praxis de izquierda, implica compromiso y responsabilidad como posibilidad real.

La Ética implica una responsabilidad con él otro y con los otros, más aún cuando se hace parte de una colectividad política que ha asumido compromisos sociales para la garantía de los derechos, el bienestar común y la justicia social.

La praxis ética entendida como compromiso y responsabilidad, es vital como comportamiento de los militantes de una colectividad política. Precisamente una de las causas que ha provocado desconfianza entre los ciudadanos y simpatizantes es la ausencia de principios y valores éticos, lo que da pie al incremento de vicios o actitudes antiéticas tales como la corrupción, el abuso de autoridad, el tráfico de influencias, el oportunismo político, etc. Situaciones estas que impiden que se alcancen las metas y objetivos políticos de la colectividad por más altruistas que parezcan.

La política del PDA y la urgencia ética

Los principios éticos constituyen la praxis de la izquierda, puesto que, al consignarse en los Estatutos o el Código de Ética del Partido, sino tienen consecuencias concretas en la vida política de sus militantes, correrán el riesgo de convertirse en una mera hoja de papel, o lo que es lo mismo, en letra muerta.

Existe una estrecha relación entre el derecho, la ética pública y la ética partidaria. Pero es necesario reconocer también su diferente sustancia, sus frecuentes espacios de intersección, lo borroso de las fronteras con que se demarcan y en todo caso la primacía del principio ético sobre la norma jurídica, a la que da contenido y por lo tanto subordina.

Lejos de ser retórica, la ética política es eminentemente práctica, solo creíble si se comprueba en los hechos y se sustenta en la íntima convicción de que deben buscarse fines colectivos y actuar siempre con responsabilidad frente a la comunidad política de la que se es parte y que en ocasiones se representa. En esa búsqueda de lo colectivo, lo privado, sin dejar de existir, se supedita a lo público, entendido no como la sumatoria de intereses individuales, sino como un todo social donde el privilegio del poder no se detenta para alimentar ilícitamente intereses particulares propios o de terceros.

Esa convicción interna debe traducirse en una disposición real para comportarse conforme a una ética política democrática, no una ética política a secas. Arraigar esos principios y valores en el partido, como colectivo político y en cada uno de sus militantes, antes que normas y vigilantes, requiere procesos asertivos de formación ética práctica, anclados en el ejercicio democrático de la autocrítica, la crítica constructiva, y el derecho a “fiscalizar la gestión de la dirigencia y las actividades del Partido”. Aunque demorado, es sin duda más eficaz y duradero.

Convertida en códigos, normas e incisos, la ética militante se institucionaliza bajo parámetros de orden, control y sanción para ser aplicados por quienes hacen las veces de jueces, lo que hasta cierto punto la desvirtúa y la acerca a lo jurídico, pero sin llegar nunca a reemplazarla. A diferencia de los tribunales de justicia, que califican en qué y cual medida una persona se apartó de normas preestablecidas por el derecho positivo, los encargados de la ética deben valorar hechos y actuaciones generadas por terceros conforme a parámetros escritos y no escritos, subjetivos, cambiantes y sujetos a constante discusión.

Así entendida, la ética partidaria se convierte en responsabilidad política concreta, susceptible de análisis y valoración por la militancia, que tiene el derecho a “fiscalizar la gestión de la dirigencia y las actividades del Polo” como lo afirma el artículo 8 de los Estatutos, por los órganos de dirección del partido que establecen los criterios y procedimientos para seleccionar candidatos, y por supuesto por la propia CNEG, que tiene su control expresamente entre sus funciones.

El Polo Democrático Alternativo fundamenta su acción política en el Ideario de Unidad y en sus Estatutos, entendidos como la base programática y normativa mínima que le da identidad y es de obligatorio cumplimiento por parte de sus afiliados y afiliadas. Tiene como fin la transformación democrática sustantiva de la sociedad y entre sus compromisos “la moralización de la administración pública, la lucha contra la corrupción, la trasformación de las prácticas políticas negativas arraigadas en nuestra sociedad, el especial ejemplo de los afiliados y afiliadas del partido en su gestión pública y el cumplimiento de su plataforma política.”

A sus afiliados, en particular a aquellos que con su aval y respaldo, merecen la confianza ciudadana para ocupar cargos uninominales o plurinominales de elección popular, impone la obligación de representar dignamente al partido, dar ejemplo de rectitud, transparencia, ética e idoneidad en el ejercicio de la función pública, y cumplir sus funciones acorde con el Ideario de Unidad y con el mandato que les fue entregado a través del voto popular. Estos criterios vertebrales guían las actuaciones de la Comisión Nacional de Ética y Garantías cuando se trata de evaluar las decisiones, la gestión y la conducta de nuestros representantes y voceros en las distintas instancias de lo público.

Al respecto, la Comisión Nacional de Ética y Garantías otorgó valor precedente a varias de las consideraciones consignadas en la Decisión No. 17 de septiembre 25 del 2011. En dicha decisión, al CNEG señala que está atenta a la evolución de los procesos y decisiones que adopten los órganos judiciales y de control del Estado, pero que no asume una relación subordinada frente al contenido y la temporalidad de sus dictámenes, porque ello significaría anular su propia voz y la razón de ser para lo que fue creada por la Ley Nacional Electoral y por los Estatutos del Partido. Toma también distancia de las posiciones que proponen “judicializar” los asuntos políticos - partidarios, ya que al perder su especificidad y carácter interno quedarían sujetos a prescripciones externas estatales no siempre legítimas, ni necesariamente compartidas. En lugar de fortalecerse, concluye, el partido perdería toda su vitalidad y autonomía para analizar sus dinámicas y para decidir sobre ellas.

La CNEG lo ha señalado en decisiones anteriores y lo ratifica en este caso. No se asume como un tribunal inquisitorial que sanciona a partir de una moral abstracta y salida de contexto, sino como un órgano partidario que pondera la responsabilidad política de los militantes, cuando actuaciones externas e internas de su parte, afectan la imagen pública, la unidad política, la cohesión de sus estructuras y la proyección de los intereses estratégicos del Polo Democrático Alternativo.

En lugar de un listado de principios retóricos, la ética partidaria se convierte así en responsabilidad política concreta, susceptible de análisis y valoración. Concierne a la militancia y a los dirigentes, a sus gobernadores, alcaldes, congresistas, diputados, concejales y ediles en funciones, y por supuesto a la propia CNEG.

El PDA establece una serie de deberes para todos sus afiliados, en particular a aquellos que con su aval y respaldo, merecen la confianza ciudadana para ocupar cargos uninominales o plurinominales de elección popular. Los militantes electos en la rama ejecutiva tienen la obligación de representar dignamente al partido, dar ejemplo de rectitud, transparencia e idoneidad en el ejercicio de la función pública, gobernar conforme al Ideario de Unidad y el Voto Programático, e igualmente acordar mecanismos de enlace con la dirección nacional y las coordinaciones territoriales respectivas para discutir el “correcto acompañamiento en el desempeño de sus funciones”, los “contenidos de las políticas públicas” y “ la aplicación del Plan de Gobierno con el cual fue elegido”, “ sin que ello comprometa o limite la autonomía de su administración”.