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Entrevista a Juan Gabriel Vásquez
La novela ilumina los rincones oscuros de la experiencia humana
Marco Tobón / Miércoles 22 de agosto de 2012
 

Juan Gabriel Vásquez visitó la ciudad de Paraty, en la costa del estado de Río de Janeiro en Brasil, para asistir a la Fiesta Literaria Internacional de Paraty –FLIP-. En la FLIP se lanzó la traducción al portugués de su novela Historia secreta de Costaguana. En esta entrevista conversa sobre la función iluminadora de la literatura, los efectos cerebrales de la lectura atenta, sobre la reciente vida política de Colombia y sobre los lectores trastornados, aquellas extintas criaturas enviciadas al hábito de leer.

Marco Tobón: Quisiera comenzar con una pregunta que a mí personalmente me atormenta, ¿no crees que estas ferias literarias son simples encuentros de negloptentes, de personas enfermas por leer, o lo que Vila-Matas tomando una expresión de Onetti llama “Literatosis”?, ¿no resulta más poético irse a la playa que estar todo el tiempo rodeado de libros y autores?

Juan Gabriel Vásquez: Llevo años pensando que los lectores serios de literatura son una especie en vía de extinción. Creo que la novela seria, la novela como ese género con el que crecimos, que intenta explorar nuestra experiencia humana, iluminar los rincones oscuros de nuestra experiencia humana, tratar de explicarnos un poco quiénes somos y cómo funcionamos como criaturas morales, yo creo que eso está arrinconado, creo que la sociedad ha ido arrinconando esta actividad cada vez más. Y muchas veces me pregunto si cosas como esta –la FLIP- son una manifestación de resistencia, de los pocos que quedamos adquiriendo un impulso de energía, resistiéndonos a la desaparición de esta actividad. Es un momento raro para los lectores, es un momento de transformación muy intenso en todo el mundo, en la vida política y en la relación entre la vida política y la vida íntima de la gente. Y una mirada a la historia nos muestra que cada vez que ha habido momentos de transformación muy intensos, la literatura surge como una manera de explicar o de explorar o de tratar de iluminar lo que está pasando. Las grandes generaciones literarias siempre han sido un síntoma de esto. La gran generación de rusos, Dostoievski, Tolstoi, Gógol, Chéjov, surgen cuando el zarismo está a punto de perecer, cuando está a punto de cambiar un sistema político muy marcadamente. El boom latinoamericano surge al mismo tiempo que la revolución cubana, eso no es gratuito porque es un momento de conflicto muy intenso, en el que Latinoamérica trata de explicarse a sí misma, explorarse a sí misma, de saber quiénes somos. El mundo está pasando por un momento similar ahora y yo creo que eso seguirá alimentando la literatura, que es nuestra manera de entender nuestro mundo.

MT: Vale, yo de otro lado me adhiero a las palabras de Unamuno, “¡Qué tristeza la compañía de los libros! El libro calla, nada dice, es frío y seco, hay que forzarle para que os muestre sus secretos y solo deja el vacío tras él”. ¿Qué piensas de estas palabras?

JGV: Claro, Unamuno no conocía los e-books ni los e-readers ni todo esto. Yo creo que es justamente que esa es la gran virtud que va a mantener el libro en papel, enfrentado a todos los soportes de lectura que tenemos. Yo no tengo ninguna antipatía visceral por la tecnología, ni mucho menos, pero creo que la experiencia de la lectura en silencio, en concentración absoluta en las palabras que ese escritor ha escogido, sin interferencia de nada más, creo que eso ha creado buena parte de lo que somos nosotros como seres humanos. Y creo que eso está cambiando con los soportes de lectura que constantemente permiten que otras cosas te llamen la atención. Estar leyendo e ir a un hipervínculo o poder buscar un video relacionado con lo que estás leyendo o, estar leyendo una novela y al mismo tiempo consultando el email y tomando fotos y haciendo lo que sea. Eso, como lo dice Nicolas Carr en un libro muy interesante que se llama “Superficiales”, está cambiando el entramado de nuestro cerebro y creo que los libros en papel se van convertir en ese lugar magnífico donde nada más llama nuestra atención, donde no hay distracciones, donde podemos sumergirnos en la voz y la consciencia de una persona que ha pensado las cosas con mucha intensidad y con mucha fortuna, un Tolstoi, un Dostoievski, un García Márquez, un Vargas Llosa, sumergirnos en esa voz y en esa visión sin ninguna distracción; eso se va convertir paradójicamente en el gran hallazgo de los libros en papel, lo que va a permitir que sigan siendo vigentes.

MT: Es quizás por esa razón por la que tantas personas hacen filas interminables, de más de una hora, para lograr tener la firma de un autor, pero esta costumbre de autografiar libros ¿no crees que es fetichismo de negloptentes?, ¿para qué sirve tener un libro autografiado?

JGV: No hay que olvidar que desde algún punto de vista, lo más importante que ha pasado en los últimos siglos de historia del ser humano, para mí que es el Renacimiento, ese momento en el que los seres humanos tratan de liberarse de la tiranía, de la religión y tratan de volver hacia valores humanistas y tratan de decir que la búsqueda del placer es legítima y que está bien, y que no hay que tener miedo a la muerte porque finalmente somos mortales y todas esas cosas que trajo el Renacimiento, todo eso, nace con un tipo fascinado con un libro. Eso lo demuestra Stephen Greenblatt que estuvo aquí, contando de este cazador de libros italiano, que un día en 1417 descubre en un monasterio un clásico latino, guerrerum natura, y con el renacimiento de ese libro revive toda una visión del mundo que es lo que da origen al renacimiento. Entonces nunca hay que despreciar a la gente que persigue libros como locos por todas partes.

MT: Siempre has tenido una relación muy estrecha con los escritores ingleses y con Inglaterra. Tu libro “El hombre de ninguna parte” es una muestra de tu admiración por Joseph Conrad; el tío de tu padre fue embajador de Colombia en Inglaterra, ahora vives en Barcelona, sostienes un vínculo explícito con Europa, en esas oscilaciones geográficas e estéticas, cómo situar tu identidad literaria, o bien tu identidad cultural.

JGV: Esto no es tan raro dentro de la tradición latinoamericana que me interesa. Es decir, creo que el gran momento de la literatura latinoamericana para mí generación, es con toda probabilidad, el boom latinoamericano que son nuestros clásicos. En ese sentido decía Jorge Volpi, que nosotros como escritores latinoamericanos tenemos la curiosa capacidad de poder hablar con nuestros clásicos, que yo pueda hablar con Vargas Llosa, que yo hubiera hablado con Carlos Fuentes, es como si un escritor francés de mi generación pudiera llamar a Victor Hugo o a Flaubert, que son los fundadores de su tradición. Para nosotros es el boom latinoamericano. Y el boom latinoamericano fue esencialmente una generación cosmopolita, no solo desde un punto de vista vital, que no tiene mayor importancia, sino desde un punto de vista literario. El boom latinoamericano fueron fundamentalmente aquellos que dijeron, apoyados en algunos textos de Borges o de Onetti, esencialmente que el novelista latinoamericano tiene derecho a construir su obra con todas las tradiciones literarias, es decir, no tiene por qué quedarse en la tradición de su país, ni mucho menos en la tradición de su lengua. Ahí fue cuando García Márquez dijo, no hay nada en la tradición de la novela colombiana, nada que me sirva, yo voy a apoyarme en Faulkner o en Hemingway o en Kafka, y Fuentes dice lo mismo con Dos Passos y Cortázar con el surrealismo y Vargas Llosa con Sartre y con Manrot y también con Faulkner. Entonces la literatura latinoamericana tiene a partir del boom una vocación claramente omnívora, no le da miedo alimentarse de todas las otras tradiciones, de todas las otras lenguas y esa es una de las grandes herencias que hemos recibido nosotros. Y yo creo que la seguimos aprovechando.

MT: Ya que hablas del boom, en alguna de tus columnas en El Espectador, te referías con admiración a Joaquín Soler Serrano, el gran entrevistador español de gran parte de los autores del boom latinoamericano. Si pusiéramos a Joaquín Soler Serrano en posición de entrevistado, ¿qué le preguntarías?

JGV: Me hubiera encantado entrevistarlo. Y pedirle que me contara todo lo que no aparece en esos videos, porque todos esos videos tienen historias ocultas fantásticas y además porque el arte de la entrevista es también un arte que a mi siempre me ha interesado mucho, soy un gran lector de entrevistas. Detrás de mi escritorio, en los libros que tengo a la mano, están mis diccionarios y están libros de entrevistas, que son el equivalente a una asistencia siquiátrica, la persona a la que vas a contarle tus problemas, para mí esos son los libros de grandes entrevistas con escritores. Las entrevista de la Paris Review, las entrevistas con escritores del mismo Soler Serrano, entonces esto es algo que me interesa mucho, y me encantaría haber tenido el contacto con él y preguntarle entre otras cosas por qué García Márquez no está entre sus entrevistados, es el único que falta de toda la nómina.

MT: Hablando de otro grande las letras latinoamericanas, Fernando Vallejo, ¿concuerdas con una de sus recientes frases, aquella de que “Colombia es el ocaso que no tuvo amanecer”?

JGV: Es una frase muy resultona. Es una frase muy efectista. Pero no sé si resiste mucho examen. Yo tengo mucha admiración por Vallejo, pero a veces se me ocurre que tal vez en muchas de sus declaraciones hay más un intento de efecto que una reflexión subyacente. Cuando él dice algo en tamaño libro me resulta mucho más convincente, potente, articulado e interesante, que cuando dice esos titulares para prensa que son agudos y humorísticos y magníficos pero que no tienen mucho contenido.

MT: Finalmente, ¿cómo percibes los hechos recientes de la historia política de Colombia, la reacción ciudadana ante la vergüenza de la reforma a la justicia, la convocatoria amplia a los movimientos sociales realizada por marcha patriótica?

JGV: Son dos fenómenos distintos y puedo hablar con más propiedad de esta última reacción a lo que fue uno de los grande momentos de descaro político, de inmoralidad y de un verdadero atentado contra los principios democráticos del país que fue esa reforma a la justicia. Creo que hubo una gran manifestación de, vamos a decir, consciencia ciudadana, pero desde ningún punto de vista se puede tomar esto como el síntoma de un cambio importante, creo que fue coyuntural, creo que la política con sus vicios seguirá impunemente en Colombia, porque los procedimientos ciudadanos están desconectados de la maquinaria de los votos. Y en eso hay un lío muy grave, un lío en el funcionamiento de la democracia colombiana que los colombianos tenemos que resolver. Pero creo que también es un producto de ocho años de una cultura del todo vale, de una cultura en la que las instituciones perdieron vigencia, perdieron importancia completamente. Este es uno de los grandes legados del uribismo que ahora se queja tanto de la reforma judicial, pero es que la reforma judicial, desde su punto de vista político y moral, es un resultado de prácticas constantes, a lo largo de ocho años de uribismo, de comercios ilegítimos entre los poderes del estado, de comercio de votos, de comercio de lealtades políticas, con la diferencia de que ahora ya no se trataba de cambiar votos por notarías, sino verdaderamente de una subversión del estado democrático a través de la reforma. Entonces creo que lo que pasó es un resultado de un proceso largo que los colombianos hemos venido aceptando, y creo que es fantástico que lo hayamos resistido de alguna manera, que hayamos opuesto esa resistencia, pero yo no tengo muchas razones para sentirme demasiado optimista con lo que viene después. A Marcha Patriótica no la conozco muy bien, así que no puedo hablar con propiedad sobre el tema.