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Los sucesos narrados corresponden a la muerte en combate del entonces comandante del M-19, Iván Marino Ospina Marín, el 28 de agosto de 1985 en el barrio Los Cristales de Cali
"Sí, señor Presidente, ’La paz es la victoria’"
Este testimonio fue escrito por su hijo Jorge Iván Ospina, ex alcalde de Cali, quien a partir de su propia historia reflexiona sobre las recientes palabras del presidente Santos al inaugurar el proceso de paz con las Farc
Jorge Iván Ospina / Domingo 9 de septiembre de 2012
 

"El tiempo, solo el tiempo logra borrar los momentos más difíciles, sin embargo muchos de ellos se escriben con sangre y dejan huellas permanentes.

Es difícil recordarlo con detalle. En ocasiones voy al apartamento en la unidad Santiago de Cali con el propósito de revivirlo y aunque allí están las mismas paredes y algunos de los muebles, no puedo. El tiempo y la necesidad de borrarlo intentan ser más fuertes.

Sabía que estábamos en guerra. Tengo grabadas las palabras premonitorias de mi padre: “En una guerra es muy fácil morir y en esta guerra que libra el ‘M’ muchas personas morirán antes de conquistar la paz”.

Esas tres letras me motivaron a salir de La Habana, mi refugio -“mi todo refugio”-, para ver lo que todos llamaban el diálogo nacional y la oportunidad de paz.

Sin embargo, como ha ocurrido de manera sistemática y no silenciosa, muchos más le apostaron a la guerra, a la muerte de unos y de otros, de acá y de allá, como consignando para siempre, o por lo menos por mucho tiempo, que para este pueblo la paz no sería un parto fácil.

Una noche hace 27 años, estábamos viendo las noticias y alguien tocó a la ventana. Un vigilante de acento caucano susurró: “lo están buscando, saben dónde vive”.

Junto a mi familia, iniciamos una huida sin éxito. Por horas rondamos en un pequeño carro por el centro, pensamos en subir a Siloé o ir al Distrito. Incluso contemplamos viajar hacia el Cauca, pero pudo más la confianza y nos dirigimos al oeste de Cali, a Los Cristales.

Hablamos, había alegría: una vez más mi papá se alejaba de la prisión o la muerte. Ya habían pasado unas horas de la primera información y él sentía que allí estaba seguro.

En medio de llamadas y obvias conversaciones, mis padres me indicaron dónde dormir. Esa noche tuve un sueño corto en el que me trasladé al mar, en donde recogía estrellas y caracoles y veía grandes buques. De pronto, me desperté con un estruendo mientras gritaban mi nombre.

Él estaba tranquilo, más sereno que de costumbre y con un fusil en sus manos, me dijo: “Cuida a tus hermanos”. El combate se llenó de consignas para amedrentar al enemigo y superar el miedo. La pólvora enardece, se aspira y a su vez motiva, los tiempos son eternos y durante algunos minutos todo se estremece. Tiros van y vienen, cada bala suena un par de veces, a su salida y en su inevitable punto de llegada.

Casi está amaneciendo, mientras suena el teléfono se encima al contrario. Entonces mi padre salió a la terraza. Intenté hacerle retroceder pero entonces se escucharon dos silbidos: uno rozó mi cuello y el otro fatalmente certero atravesó su tórax. “Me mataron” me dijo, como queriéndome decir más cosas pero sin poder. Lo retiré de la línea de fuego y le cerré sus párpados: grité por un rato.

Quedé paralizado y aturdido, todo me daba vueltas, solo escuchaba un zumbido lejano y largo, como de una chicharra. El tiroteo se agudizó y copó cada espacio. Sentí que caían pequeñas cargas de explosivos y las consignas eran ahogadas por armas de mayor calibre. El único compañero que aún respondía al fuego se parapetó en el segundo piso y me dijo adiós con la mano mientras la familia Marín se resguardó en el baño.

En un instante reaccioné, decidí abrazarlo y besarlo. Lo arreglé, le repetí cuánto lo quiero, cuánto lo amo. Ya nada importaba y aunque el tiroteo continuó y las balas estallaban cerca de mí, no me pasó nada. Su cuerpo aún se sentía caliente y me preocupaba que estuviera expuesto. Lo moví hacia adentro y seguí abrazándolo como fantaseando con curar sus heridas y evitar que el frío penetrara en su cuerpo. Seguidamente recogí sus documentos y armé un incendio con ellos. Luego hice una llamada, no recuerdo a quién y le conté: “Papá ha muerto”.

Cuando se ha perdido tanto lo demás no importa. Se soporta la tortura, la cárcel y la ausencia de todo. Por un tiempo se autoincrimina y se culpa, pero cuando se supera llega una motivación especial de trabajar para que no ocurra más: liderar para transformar, comprendiendo que no somos un pueblo malvado destinado a matarnos por siempre.

Sí, señor Presidente, “La paz es la victoria”

Pero no la paz en vano para que todo quede igual: ésa no es duradera, es efímera. Se trata de hacerla con una base ética construida colectivamente, con perdón, reconciliación, reparación y rectificación. Con verdad, que intervenga las causas de la guerra que ha motivado a algunos y obligado a otros a empuñar el fusil, la que transforma la tenencia de la tierra y define que la unidad nacional no es con los mismos de siempre. Es con los afros, indígenas, ambientalistas, raspachines, mineros legales e ilegales, deportistas, gestores culturales y campesinos. Ésa es la unidad nacional que alcanzará la victoria y tal como usted lo dijo: “La paz es la victoria”.