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Historias del abuelo
Daniel Maestre Villazón / Jueves 26 de octubre de 2006
 

Este texto lo decido escribir después de haber visitado la casa de mis recuerdos y en ellas me he encontrado con una madrugada en la cual me levanté como siempre a hacer el café y con gran sorpresa encontré que ya mi abuelo tenia rato de estar levantado, ya el café estaba listo y encima de uno de los tacanes del fogón me encontré un par de guineos ya asados y listos para ser consumidos por mí.

Al llegar a la puerta de la cocina pude ver a mi abuelo sentado en su banqueta, a su lado tenia el bastón y las abarcas, fabricadas con cuero crudo, que era el calzado que él usaba cuando no andaba descalzo.

A través del humo que salía por la puerta pude ver cómo mi abuelo miraba absorto el fuego mientras fumaba un tabaco, pienso que en ese momento estaba hablando con la Madre o con los ancestros, alguna vez me dijo que la Madre hablaba a través del tabaco y ese día quede con la inquietud de saber qué le decía la Madre... así que decidido a preguntárselo entre a la cocina, me senté en mi banqueta, aticé el fogón, me comí un guineo y me quedé viendo directamente los ojos del abuelo y esperé que comenzara a hablar. Pasaron largos minutos antes de que el abuelo regresara de donde estaba. Cuando regresó, me miró con esa mirada dulce y acogedora que me daba confianza y que yo aún relaciono con una puesta de sol. Puso el tabaco a un lado, aclaró su garganta y comenzó a hablar...

- Después que la Madre nos creó en Usikungui, sitio que queda en la parte norte de la Sierra Nevada de Santa Marta al lado de Río Frío, nuestros abuelos recibieron la orden de la Madre de caminar hacia el sur, hasta llegar al lugar donde estamos hoy asentados. En ese recorrido nuestros abuelos fueron obligados a pelear con algunas comunidades que habitaban las tierras bajas. Cuando se dispusieron a escoger quiénes iban a las batallas, la asamblea decidió que fueran los miembros de la comunidad más peleadores, los que estaban castigados por haber robado, asesinado o cometido algún delito. Pero con gran sorpresa vieron como estas personas al estar delante del otro grupo, tuvieron miedo y salieron corriendo.

Entonces les tocó de nuevo hacer otra asamblea y decidir a quiénes mandaban y decidieron mandar a aquellos que fueran fuertes y musculosos, los carpinteros, los que trabajaban las piedras y todos los que fueran corpulentos y tuvieran gran fuerza... recibieron la bendición y la protección de los mamos y se fueron. Pero otra vez estas personas al mirar la agresividad de los de las otras comunidades, tuvieron miedo y regresaron corriendo...

Ya casi estaban desesperadas las personas de la comunidad y los Mamos pidieron que todos entraran y llegaran a los sitios sagrados y confesaran a la Madre y que le pidieran qué les aconsejaba hacer para conjurar el peligro que se avecinaba y que los estaba diezmando...

Después de tres dias de consulta, ayuno y confieso, el mamo los llamó a todos alrededor de una gran piedra, que parecia el huevo de alguna gallina gigantesca, y dijo: la Madre y los buenos espiritus que nos guian y protegen me han dicho que los únicos que pueden derrotar a las personas que nos impiden pasar hacia el lugar señalado, son aquellas personas que tienen algo que defender en justicia, aquellos que sin saberlo defienden la vida y la armonía entre nosotros, aquellos que aman a sus mujeres que los acompañan, que aman a sus hijos porque son la alegría de sus ojos y de su vida, aquellos que defienden la tierra que cultivan porque es la que le da de comer... en fin, los que pueden derrotar a nuestros enemigos son todos y cada uno de nosotros que creemos que la vida es sagrada y que se debe conservar...

Y mi abuelo terminó diciendo que fueron esas personas las que lograron derrotar a las gentes que no los dejaban pasar. Porque son los que viven y defienden la vida, poniendo el corazón en lo que hacen y en lo que comparten, los que aún sintiendo miedo saben que lo que hacen es correcto y bueno delante de los ojos de la Madre.

Hoy, que por circunstancias ajenas a mi voluntad me encuentro lejos de la tierra que me vió nacer, sigo teniendo la oportunidad de volver cada vez que quiero a la casa de los recuerdos, de entrar a través del pensamiento y el corazón a las ciudades invisibles a todas las Kankuamias que están en cada uno de los lugares donde hay un sitio sagrado, a donde estoy seguro iba mi abuelo cada vez que se ponía a fumar un tabaco y a contemplar el fuego, a donde él iba a aprender la palabra de sus abuelos, las cuales con todo cariño me las contaba, aunque reconozco que en ese tiempo no las entendía y es ahora que las comprendo, y comprendo lo que el quería decir cuando cariñosamente me decía: que cada una de sus historias, de sus cuentos y sus palabras eran pequeñas semillas que algún día no sabía cómo ni cuándo iban a dar frutos, frutos que lo harían sentir orgulloso de sus nietos.